Se me rompió la fuente frente a toda mi familia durante la cena. Les supliqué que me llevaran al hospital, pero mi padre solo dijo: “Pide un Uber. Estamos ocupados.” Esa noche manejé sola a urgencias y me hicieron una cesárea de emergencia. Una semana después, mi madre apareció sonriendo: “Déjame ver a mi nieta.” La miré fijamente y respondí: “¿Qué nieta?”

PARTE 2: Doña Elvira llegó al hospital con una bata encima del vestido, chanclas, el cabello mal recogido y una bolsa de plástico con pañales recién comprados.
Tenía 70 años y vivía en el departamento de enfrente de Mariana. No era familia de sangre, pero durante todo el embarazo le había llevado caldo de pollo, la había acompañado al ultrasonido cuando Mariana tuvo miedo, y cada martes le tocaba la puerta para preguntar si necesitaba algo del mercado.
Cuando la enfermera le avisó que Mariana iba a cesárea de emergencia, Elvira no preguntó si era buena hora. No dijo que estaba cansada. No pidió explicaciones.
Solo llegó.
—Aquí estoy, mi niña —le dijo, tomándole la mano antes de que la llevaran a quirófano—. No vas a estar sola.
La bebé nació a las 11:41 de la noche.
Pequeña, furiosa, viva.
Los médicos dijeron que su ritmo cardiaco había bajado durante las contracciones y que la cesárea había sido necesaria. Mariana apenas alcanzó a verla unos segundos antes de que el cansancio y la anestesia la hundieran en una neblina pesada.
La llamó Lucía.
Durante cuatro días, Mariana se recuperó de una pérdida de sangre que la dejó débil, pálida y temblorosa.