Ramiro escribió horas después:
“Avísanos cuando estés en casa.”
Lorena no escribió nada.
Ni una llamada. Ni una pregunta. Ni un “¿nació?”. Ni un “¿estás viva?”. Nada.
Sebastián sí escribió.
“Mariana, no tengo derecho a pedirte perdón, pero necesito decirte algo. Lorena sabía que estabas teniendo contracciones desde antes de la cena. Vi tu mensaje en su celular. Ella se rió y dijo que no iba a permitir que le robaras su noche.”
Mariana leyó el mensaje tres veces.
Luego apagó el celular.
La verdad no la sorprendió. Solo le puso nombre al veneno.
Una semana después, ya en su departamento, Mariana estaba sentada en el sillón con una faja posparto, el rostro cansado y Lucía dormida en la cuna junto a la ventana. Doña Elvira preparaba té en la cocina cuando tocaron la puerta.
Mariana supo quién era antes de mirar por la mirilla.
Carmen estaba afuera con una bolsa rosa de regalo. Ramiro tenía cara de obligación. Lorena llevaba lentes oscuros, como si venir a conocer a su sobrina fuera un trámite incómodo.
Carmen sonrió demasiado. —Mi amor, ya venimos a conocer a nuestra nieta.
Mariana abrió la puerta apenas unos centímetros. —¿Qué nieta?
La sonrisa de Carmen se quebró. —¿Cómo que qué nieta?
Ramiro frunció el ceño. —Lucía. Nuestra nieta.
Mariana inclinó la cabeza. —Ah. ¿La bebé por la que nadie preguntó en una semana?
Carmen bajó la mirada hacia la bolsa. —No empieces.
—¿La bebé cuya madre manejó sola al hospital mientras se le rompía la fuente en su comedor?
Ramiro apretó la mandíbula. —Mariana, venimos en paz.
Lorena soltó una risa seca. —¿De verdad vas a hacer un espectáculo? Ya pasó.
Mariana la miró con calma.
Esa calma asustaba más que un grito. —Pasen.
Los tres entraron creyendo que habían ganado terreno. Carmen incluso acomodó la bolsa sobre la mesa como si ese regalo pudiera comprar el pasado. Pero en la sala había dos hojas impresas.
Mariana las había dejado junto a una taza de té intacta.
—Antes de que vean a Lucía —dijo—, quiero que lean esto.
Ramiro tomó la primera hoja. Era una captura de pantalla.