Y me acordé de una cosa que doña Guadalupe me dijo hace como dos años, en su cocina, agarrándome la mano mientras yo lloraba por otro mes perdido:
—Hay cosas que una madre carga sola, mija. Ésta no la cargues tú.
Yo pensé que me consolaba.
Ahora sé que me estaba escogiendo. Me estaba midiendo. Estaba viendo si yo servía.
Y ahora, señoras, viene la parte que no le he contado a nadie. Ni a mi hermana.
Ahí parada en ese pasillo, con el niño a diez metros, ¿saben qué fue lo primero que sentí?
No lástima por Santiago.
Ganas.
Ganas de él. De agarrarlo. De que fuera mío.
Ocho años de hueco, y de repente Dios —o el diablo, ya ni sé— me ponía enfrente un niño chiquito que necesitaba una mamá, servido en bandeja por la misma señora que me había mentido para conseguirlo.
Y yo lo quise. Lo quise de una manera que me da vergüenza hasta hoy.
No lo quise por él. Lo quise por mí.
Esa es mi parte. Esa es mi mancha. Que conste que la digo yo, no me la sacaron.
Regresé al pasillo. Y me le puse enfrente a Daniela.
Porque había una persona en toda esta historia que sí había hecho el trabajo. Que sí lo bañó, que sí lo durmió, que sí se levantó a media noche año y medio. Y no era yo, ni era doña Guadalupe.
Era ella.
—¿Tú sabías que Alejandro estaba casado —le pregunté.
Daniela tardó en contestar.
—Al principio no.
—¿Y después.
—…
—Después sí —dijo bajito—. Tenía como ocho meses de saberlo. Pero para entonces Santi ya me decía “ma”. ¿Cómo lo dejaba, Marisol. ¿Cómo.
Ahí la tuve. Daniela tampoco estaba limpia. Se quedó con un hombre casado, a sabiendas, ocho meses. Le mintió a mi cara en la recepción diciendo que no sabía nada.
Pero también era la única que había querido a ese niño sin sacar nada a cambio.
—Ese niño es mío —me dijo, y le tembló la voz—. De sangre no. De todo lo demás, sí.
—De sangre no —le contesté—. Y de papeles, tampoco.
Se me quedó viendo como si le hubiera pegado.
Y aquí, señoras, hago una pausa. Porque lo que dije después me define. Y sé que la mitad de ustedes me va a defender y la otra mitad me va a querer colgar.
Yo tenía a Alejandro agarrado de los tanates. Un marido que escondió un hijo, que me mintió ocho años, que dejó a un bebé huérfano por cobarde. En el divorcio yo me llevaba todo. La casa, el coche, el negocio. Todo. Y él lo sabía.
Así que le mandé decir con mi abogada una sola cosa:
No le quito nada. Ni un peso. Firmo bajito, me voy calladita, no lo arrastro por el lodo delante de todos.
A cambio de una cosa.
Santiago.
Que él, el padre de sangre, el único con papeles, me lo diera a mí. Y que sacara a Daniela de la jugada para siempre.
Alejandro, el cobarde, con tal de salvar su casa y su negocio, dijo que sí en menos de lo que canta un gallo.
Firmó que me daba al niño.
Y Daniela, que lo crió año y medio, se quedó sin nada. Porque no era sangre. Porque no era esposa. Porque en este país eso no vale.
Yo usé mi divorcio para comprar un niño.
Díganlo. Yo ya lo dije.
El día que fui por él, Santiago no quiso venirse.
Se agarró de la pierna de Daniela y gritó “ma, ma, ma” hasta quedarse sin voz.
Yo lo cargué de todos modos. Pataleando. Y me lo llevé.