Le di su jugo en el coche, el de cajita, el de manzana, el que doña Guadalupe siempre traía listo. Se lo destapé con una mano mientras manejaba y con la otra le limpiaba los mocos.
Se durmió llorando.
Y yo manejé con las manos temblando, igual que el día del accidente, nomás que ahora el accidente era yo.
Han pasado ocho meses.
Santiago ya me dice mamá Mari. Ya no llora por Daniela todas las noches. Nada más algunas.
Le va bien en el kínder. Come bien. Ríe. Es un niño feliz, dentro de lo que cabe.
Doña Guadalupe lo ve los domingos. Nos hablamos por el niño y nada más. Ya no le digo suegra. Ya no me dice hija.
A Daniela le dejo verlo un sábado al mes, en un parque, porque me dio la gana, no porque tenga que. La veo despedirse de él cada vez y sé exactamente lo que le estoy haciendo. Y lo dejo pasar.
Alejandro salió limpio de su divorcio, con su casa y su negocio, gracias a mí. Al niño lo ve cuando se acuerda. Casi no se acuerda.
Y yo tengo, por fin, lo que pedí ocho años.
Un hijo.
Uno que le arranqué a la única mujer que de verdad lo cuidó. Con un trato. Usando la cobardía de su papá. Escondiéndome atrás de una ley que dice que la sangre y el papel valen más que los desvelos.
A veces, en la noche, lo veo dormir y pienso que le di una familia de verdad a un huérfano que su propio padre tiró.
Y a veces, en esa misma noche, me acuerdo de sus manitas agarradas a la pierna de Daniela, gritando “ma”, y pienso que soy exactamente igual a doña Guadalupe: una mujer que le puso nombre bonito a quedarse con lo que quería.
Mi hermana me dice que soy una santa, que rescaté a un niño de esa bola de mentirosos.
Mi cuñada no me habla. Dice que le arranqué un hijo a una madre nomás porque yo no pude tener el mío, y que usé un divorcio como si fuera un contrato de compraventa.
Las dos tienen razón. Ése es mi problema.
Yo cargué a ese niño porque lo necesitaba yo, no porque me necesitara él. Y de esa verdad no me voy a poder bajar nunca.
Así que díganme ustedes, que me están leyendo de lejos y con las manos limpias:
¿le di una madre a un niño que no tenía ninguna, o le arranqué la única que le quedaba para taparme un hueco que era mío y de nadie más?