—Estoy vieja —siguió—. Y este niño necesita una madre, no una abuela de sesenta y ocho.
Me quedé fría.
Porque en ese momento me cayó el veinte de una cosa fea: doña Guadalupe no me había llamado llorando por el accidente de su hijo.
Me había llamado por esto. Por el niño. Para soltármelo.
—Santiago iba en el coche con Alejandro —dijo—. Atrás. Se pegó en la cabeza, le dieron tres puntos, ya está bien. Pero yo, cuando vi la sangre, entendí que ya no me alcanza el cuerpo. Y la única a la que se me ocurrió llamar fuiste tú.
Ternura, pensarían ustedes.
Yo también lo pensé, dos segundos.
Hasta que la otra mujer, Daniela, se acercó, le acomodó el suéter al niño con una confianza de años, y él le dijo “ma”.
Y doña Guadalupe, mi santa doña Guadalupe, ni siquiera volteó a verla.
Aguántenme tantito. Porque hasta aquí ustedes todavía la pueden querer a ella. Falta lo del trato.
Me tuve que sentar en esas sillas duras del IMSS, con el olor a cloro metido hasta la garganta.
Y ahí, poco a poco, entre doña Guadalupe y Daniela, se me armó el rompecabezas completo. El que llevaba tres años armado a mis espaldas.
Santiago tenía tres años. Daniela llevaba con Alejandro año y medio.
Hagan la cuenta. El niño no era de Daniela.
—La mamá se llamaba Valeria —me soltó Daniela, con los ojos rojos—. Se murió cuando Santi tenía cuatro meses. Un derrame, dormida.
—…
—Alejandro ni la quería. Fue cosa de una noche. Se enteró del niño cuando le hablaron del hospital a avisarle que la mamá había muerto y que el bebé era de él.
—¿Y qué hizo.
Daniela apretó la boca.
—Nada, Marisol. No hizo nada. Se rajó.
Y ahí entró doña Guadalupe a defenderlo, y esa fue la primera vez en el día que dejé de tenerle lástima.
—Yo lo recogí —dijo, orgullosa—. El día del velorio de Valeria yo cargué a ese niño y dije “no se queda solo”. Tres años. Todos los jueves.
—Los jueves de “la amiga” —dije.
—Los jueves de mi nieto.
Me la quedé viendo.
—¿Y por qué no me dijo, doña Guadalupe. Tres años. En mi cara.
Y aquí, señoras, es donde la historia bonita se me cayó al suelo.
Porque doña Guadalupe no me dijo “para protegerte, mija”.
Doña Guadalupe me dijo la verdad. Y la verdad fue peor.
—Porque si te decía, dejabas a Alejandro. Y si dejabas a Alejandro, esta familia se caía. Y yo no iba a dejar caer todo por un error de él.
Frío. Así, frío.
—Preferí que siguieras casada sin saber —remató—. Estabas mejor así. Todos estábamos mejor así.
Me cayó el veinte de golpe.
Doña Guadalupe no me escondió al niño para no romperme.
Me escondió al niño para que yo no me fuera. Para que la familia se viera entera. Para no cargar sola con Santiago el resto de su vida.
Yo era el plan. Yo, desde hacía tres años, era la niñera que ella estaba guardando para cuando el cuerpo ya no le diera.
Y voy a ser honesta con ustedes, porque si no, no vale la pena que les cuente esto. Lo primero que sentí no fue coraje.
Fue otra cosa. Pero a eso llego.
Me salí un momento al pasillo, sola, junto a la máquina de cafés.
Y me puse a pensar en ocho años.
Ocho años deseando un hijo. Ocho años de pruebas en blanco, de doctores, de “a lo mejor el mes que entra”, de llorar en el baño para que Alejandro no me viera.
Ocho años en los que, dos cuadras de mi casa, había un niño de mi propia familia creciendo sin madre.