Aquella estaba falsificada.
Tomó otra hoja.
Y otra.
Y otra más.
Había ocho firmas distintas.
Todas falsas.
Respiró profundamente para no perder el control.
—¿Cuánto dinero falta?
Ernesto cerró los ojos.
—No sólo es el sueldo de Rosa.
Rodrigo sintió un mal presentimiento.
—¿Cuánto?
—Entre jardineros, cocineras, choferes, personal de limpieza y mantenimiento…
Hay dieciséis trabajadores afectados.
Rodrigo dejó caer lentamente los papeles.
—¿Dieciséis?
—Sí.
—¿Y cuánto dinero desapareció?
Ernesto respondió casi en un susurro.
—Más de un millón ochocientos mil pesos.
El silencio fue absoluto.
Rodrigo miró nuevamente las hojas.
Aquello ya no era un retraso administrativo.
Era fraude.
Y alguien había usado el nombre de su empresa para hacerlo.
En ese momento sonó el teléfono de la oficina.
Era Verónica.
—Amor, ¿ya terminaste la reunión? Esta noche vienen los Romero a cenar. Pedí que decoraran el jardín con rosas blancas.
Rodrigo permaneció callado unos segundos.
—¿Dónde estás?
—En Antara.
Estoy viendo unas joyas.
¿Por?
—Regresa inmediatamente.
La voz de Verónica cambió.
—¿Ocurrió algo?
—Sí.
Necesito hablar contigo.
—¿Es urgente?
—Mucho.
Ella hizo una breve pausa.
—Llego en cuarenta minutos.
La llamada terminó.
Rodrigo observó nuevamente a Ernesto.
—Quiero que nadie salga de esta casa.
Nadie.
Mientras tanto, afuera, Rosa abrazaba a Camila intentando tranquilizarla.
La niña miraba fijamente las enormes ventanas del despacho.
—¿Crees que ahora sí nos van a pagar?
Rosa sonrió con tristeza.
—No lo sé, hija.
Pero al menos alguien nos escuchó.
Camila negó con la cabeza.
—No.