Rodrigo Salazar se quedó inmóvil en medio del enorme vestíbulo de mármol de su residencia en Bosques de las Lomas, en la Ciudad de México.
Acababa de terminar una videollamada con inversionistas internacionales. Llevaba el saco colgado sobre el brazo y todavía tenía la mente ocupada con cifras millonarias, cuando aquella pequeña voz lo detuvo como si alguien hubiera levantado un muro frente a él.
Se volvió lentamente.
Frente a él estaba una niña de unos nueve años, con uniforme de primaria, dos trenzas mal hechas y una mochila rosa colgada de un hombro.
No parecía tener miedo.
Estaba temblando, sí… pero de indignación.
—¿Me estás hablando a mí? —preguntó Rodrigo.
—Sí —respondió la niña sin bajar la mirada—. A usted.
Rodrigo observó alrededor, desconcertado.
Junto a la puerta de servicio, una mujer de piel morena, delgada, con un mandil gris y las manos resecas por el cloro, dio un paso apresurado hacia ellos.
—Camila, cállate —susurró angustiada—. Por favor, hija.
Pero la niña no retrocedió.
—Mi mamá trabaja aquí —continuó—. Limpia las recámaras del segundo piso, lava la ropa y también ayuda en la cocina cuando ustedes tienen invitados. Sale de la casa cuando todavía está oscuro y regresa cuando yo ya estoy dormida. Hay días en que le duelen tanto las manos que ni siquiera puede sostener una cuchara.
Rodrigo sintió un nudo en el pecho.
—¿Quién es tu mamá?
La mujer bajó la cabeza.
—Rosa Martínez, señor —respondió con la voz apenas audible—. Discúlpela, por favor. No debió hablarle así.
—No estoy esperando una disculpa —contestó Rodrigo sin apartar la vista de la niña—. Estoy tratando de entender qué está pasando.
Camila dio un paso más al frente.
—Mi mamá lleva tres meses sin recibir su sueldo.
El silencio cayó sobre toda la casa.
Desde la cocina se escuchó un plato golpeando el fregadero.
Alguien más había escuchado la conversación.
—Cada vez que pregunta por su dinero —continuó la niña— le dicen que tenga paciencia. Que hubo un problema con el banco. Que la nómina se retrasó. Que la próxima semana le pagan.
Hizo una pausa.
—Pero esa próxima semana nunca llega.
Rodrigo volteó hacia Rosa.
—¿Eso es verdad?
Ella entrelazó las manos sobre el mandil.
—Sí, señor… pero yo no quería ocasionar problemas. Hoy me aseguraron que ya quedaba resuelto.
—¿Quién se lo aseguró?
—Don Arturo, el administrador de la casa. Me dijo que usted había autorizado el pago desde esta mañana.
La expresión de Rodrigo cambió de inmediato.
—Yo no he autorizado ningún pago hoy.
Rosa palideció.
En ese instante, su teléfono celular comenzó a sonar.
Miró la pantalla y el miedo se reflejó de inmediato en sus ojos.
—Es el señor que me renta el cuarto —murmuró—. Lleva llamándome todo el día.
Camila levantó el rostro.