PARTE 1
—¿Siguen vivos o ya se me están desmayando?
Don Julián Ramírez frenó su vieja troca roja junto a una barranca seca, en las afueras de Santiago, Nuevo León. Venía de revisar una bomba de agua que llevaba semanas fallando en su pequeña huerta de naranjos.
El sol caía pesado, como si quisiera partir la tierra en 2.
Bajo la sombra flaca de un mezquite, vio a 3 personas tiradas entre piedras: 2 muchachas y un muchacho. Traían las mochilas llenas de polvo, los labios partidos y la piel roja por el calor.
Una de ellas intentó levantarse, pero las piernas le temblaron.
—Nos perdimos —dijo apenas—. Salimos a caminar desde ayer… ya no tenemos agua.
Julián miró las botellas vacías colgando de sus mochilas.
No preguntó nombres.
No preguntó si tenían dinero.
No preguntó por qué se habían metido al cerro sin guía.
Solo abrió la puerta de la camioneta.
—Súbanse como puedan. Mi casa queda pasando esa loma.
El muchacho dudó.
—Señor, no queremos causarle problemas.
Julián soltó una risa seca.
—Problema es dejarlos aquí para que los encuentre Protección Civil tiesos. Ándale, súbanse.
Hizo 2 viajes porque no cabían todos con las mochilas. Manejó despacio por el camino de terracería, cuidando que no se golpearan más.
Cuando llegó a su rancho, su esposa, Doña Malena, estaba lavando trastes en una tina de plástico.
Al verlos, dejó caer un plato.
—¡Virgen santa, Julián! ¿Qué pasó?
—Se perdieron en la sierra. Llevan casi 2 días sin agua.
Malena no hizo preguntas.
—A la cocina. Pero ya.
Les dio suero casero, agua a traguitos, tortillas recién hechas, frijoles, queso fresco y naranjas de las pocas que todavía quedaban buenas. Julián les limpió los raspones con alcohol y les prestó toallas húmedas para bajarse el calor.
Los 3 empezaron a recuperar color.
Se llamaban Mariana, Diego y Sofía.
Habían salido a caminar por una ruta turística, pero un letrero caído y una app sin señal los llevaron por una vereda equivocada.
—Creímos que íbamos hacia la cascada —explicó Diego—. Pero cada vez había menos camino.
Julián extendió un mapa viejo sobre la mesa.
—Ustedes iban para el otro lado, güey. Si seguían derecho, caían al arroyo seco. De noche no salen de ahí.
Sofía se cubrió la boca.
—Si usted no nos ve…
—Pero los vi —dijo Julián—. Eso es lo que importa.
Mariana sacó una cartera elegante, aunque llena de tierra.
—Por favor, déjenos pagarles algo. La comida, la gasolina, lo que sea.
Julián levantó la mano.
—Guarda eso, mija. Aquí, cuando alguien necesita ayuda, se ayuda. Punto.
Malena agregó desde el comal:
—Y se llevan comida para el camino. Sin hacer caras.
Mariana miró alrededor.
La casa era humilde. Las paredes estaban descarapeladas. El refrigerador sonaba como tractor viejo. En una esquina había sobres del banco, recibos vencidos y una libreta llena de cuentas con números encerrados en rojo.
Julián notó su mirada y se incomodó.
—No se preocupen por nosotros. Uno se las arregla.
Pero la verdad era otra.
Julián estaba a punto de perder la huerta que había sido de su abuelo. Tenía 18 hectáreas de naranjos, una bomba quemada, 3 pagos atrasados y un banco que ya no contestaba con paciencia.
La sequía le había pegado duro.
El precio de la fruta estaba por los suelos.
El diésel subía cada semana.
Y los intereses crecían como plaga.
Aun así, aquella tarde no pensó en deudas. Pensó en 3 jóvenes que podían morirse de sed.
Cuando estuvieron mejor, los subió otra vez a la troca y los llevó hasta un camino seguro, donde ya había señal.
—Llamen a sus familias —les dijo—. Seguro están con el alma en un hilo.
Mariana abrazó a Malena antes de irse.
—Nunca vamos a olvidar esto.
Julián solo sonrió.
—Pues no vuelvan a perderse, con eso me doy por bien servido.
Pero al regresar al rancho, Malena lo esperaba en la puerta con los ojos hinchados.
—Llamó el banco.
Julián se quedó quieto.
—¿Qué dijeron?