—¿Cuál, hija?
—Quiero que usted me acompañe hasta el altar.
Toda la iglesia contuvo el aliento.
El padre de Valeria sonrió con orgullo y dio un paso atrás.
—Es un honor compartir ese camino con la mujer que hizo posible que hoy exista este matrimonio.
Guadalupe abrió mucho los ojos.
—Pero… yo…
—No hay peros —respondió Valeria—. Hoy no solo me caso con Santiago. También gano una segunda madre.
Las campanas comenzaron a sonar mientras los tres caminaban juntos por el pasillo central.
Y por primera vez desde que había llegado, Guadalupe dejó de sentirse fuera de lugar.
Porque entendió que el amor verdadero nunca se mide por el precio de un vestido, sino por la historia que lleva cosida en cada una de sus puntadas.