Era exactamente la frase con la que la había encerrado durante años.
“Estás exagerando.”
“Estás sensible.”
“Nadie te va a creer.”
“Sin mí, no eres nada.”
El segundo policía observó los moretones en su rostro.
—Señor, manténgase donde está.
Alejandro levantó las manos.
—Yo no hice nada. Ella se golpeó sola.
Entonces Valeria reprodujo el video.
La imagen no dejaba espacio para mentiras. Se veía a Alejandro arrastrando a Mariana por el pasillo. Se escuchaba el golpe contra la pared. Se veía a Mariana intentando cubrirse. Se escuchaba su llanto y la voz de él diciendo:
—A mí no me vuelves a desafiar en mi casa.
Nadie habló durante unos segundos.
Ni siquiera Graciela.
La mujer que siempre había tenido una respuesta para todo se quedó muda frente a la pantalla.
Pero su silencio duró poco.
—¡Ella lo provocó! —gritó—. Siempre ha querido separarme de mi hijo. Es una manipuladora. ¡Mi Alejandro es incapaz de hacer eso si no lo empujan!
Mariana sintió un cansancio enorme.
No rabia.
No ganas de discutir.
Solo cansancio de escuchar cómo una madre podía ver a su hijo romper a una mujer y aun así preocuparse solo por la reputación de él.
El policía cerró la libreta.
—Señor Alejandro Salgado, queda detenido por agresión familiar. Tiene derecho a guardar silencio.
Alejandro retrocedió.
—No pueden hacer esto. Soy director financiero. Trabajo con gente importante.
Uno de los oficiales le tomó las manos.
—Entonces ya sabe la importancia de no resistirse.
Cuando las esposas se cerraron, Graciela soltó un grito.
—¡Mariana! ¡Detén esto! ¡Es tu esposo!
Mariana bajó del primer escalón del pórtico. Caminó despacio hasta quedar frente a ella.
—Fue mi esposo cuando prometió cuidarme. Anoche eligió ser mi agresor.
Graciela temblaba de furia.
—Le arruinaste la vida.
Mariana miró las maletas sobre el jardín, los trajes caros, los zapatos brillantes, los trofeos de golf, el diploma enmarcado que Alejandro usaba para sentirse superior.
—No. Yo dejé de pagarla.
Alejandro volteó desde la patrulla.
—¡Te vas a arrepentir! ¡No sabes lo que estás haciendo!
Por primera vez, Mariana no bajó la mirada.
—Sí sé. Estoy cerrando mi puerta.