Home Entertainment Game Technology Mi esposo me golpeó por negarme a meter a su madre en mi casa.

 

 

Mi esposo me golpeó por negarme a meter a su madre en mi casa.

PARTE 2

Alejandro frenó tan fuerte que el coche rechinó frente al portón.

—¿Qué demonios es esto? —gritó, bajando del auto.

Graciela salió detrás de él con lentes oscuros, bolso de diseñador y un gesto de asco al ver la ropa interior de su hijo sobre el pasto.

—Mariana, ¿te volviste loca? —dijo—. ¿Qué clase de espectáculo corriente es este?

Mariana no se movió.

Llevaba un vestido color crema, sencillo y elegante. No se había cubierto los golpes. Al contrario: se había recogido el cabello para que cada marca se viera con claridad.

Detrás de ella estaban 2 guardias privados.

A su lado, la licenciada Valeria Ortega sostenía una carpeta negra.

Alejandro señaló a los guardias.

—Quítense de mi entrada.

Uno de ellos respondió sin levantar la voz:

—Trabajamos para la señora Rivas.

Alejandro se quedó inmóvil.

Graciela apretó los labios.

—Rivas no. Es señora Salgado. Es tu esposa, Alejandro.

Mariana sonrió apenas.

—Hoy vuelvo a usar mi apellido.

Alejandro subió el primer escalón de la entrada, pero el guardia dio un paso al frente.

—No puede ingresar.

—¡Es mi casa! —rugió Alejandro.

La licenciada Ortega abrió la carpeta.

—No, señor Salgado. Esta propiedad pertenece al fideicomiso Rivas. Fue heredada por Mariana Estela Rivas antes del matrimonio. Usted firmó capitulaciones matrimoniales reconociendo que no tenía ningún derecho sobre esta casa.

Alejandro palideció.

—Eso fue una formalidad.

—Fue un documento notariado —respondió la abogada—. Con 2 testigos y su firma en cada página.

Graciela se quitó los lentes.

—Ella lo manipuló. Mi hijo no sabía lo que firmaba.

Valeria pasó una hoja.

—Curioso. Porque el señor Salgado también firmó un anexo donde declaró haber leído y entendido el documento.

Mariana observó a Alejandro. Durante años, él había presumido esa casa como si fuera un trofeo. Había organizado cenas, invitado jefes, cerrado negocios junto al lago y dicho con orgullo:

—Nos costó mucho levantar esto.

La verdad era más simple: no le había costado nada.

Alejandro cambió el tono. Bajó la voz.

—Mara, entra conmigo. Hablemos. Estás alterada. Mi mamá está aquí. No hagas esto frente a todos.

Algunas cortinas ya se movían en las casas vecinas.

Mariana sacó su celular.