—Anoche también me pediste que no hiciera ruido.
El audio comenzó a sonar.
Primero se escuchó su propia voz:
—Alejandro, suéltame.
Luego el golpe.
Después, la respiración rota de Mariana.
Y finalmente la voz de él, fría, segura:
—Mañana te tapas eso y sonríes. Mi mamá no tiene por qué enterarse de tus dramas.
Graciela miró alrededor, nerviosa.
—Apaga eso.
—No —dijo Mariana.
Alejandro dio un paso atrás.
—Eso está editado.
Valeria levantó otra carpeta.
—También tenemos el video del pasillo, el dictamen médico preliminar y las fotos tomadas esta mañana.
Pero todavía faltaba lo peor.
Mariana abrió una segunda carpeta y sacó estados de cuenta impresos.
—Durante 8 meses desapareció dinero de mi fideicomiso. Pensé que era un error administrativo. Hasta que encontré las transferencias.
Alejandro no dijo nada.
Graciela sí.
—Cuidado con lo que estás insinuando.
Mariana la miró directo.
—6 transferencias a una empresa llamada Consultoría G.M.
El rostro de Graciela perdió color.
—No sé de qué hablas.
Valeria intervino:
—La empresa está registrada con el apellido de soltera de la señora Graciela Montes. Ya se presentó aviso al banco y al área legal de la compañía donde trabaja el señor Salgado.
Alejandro giró hacia su madre.
—¿Qué hiciste?
Graciela le susurró algo, pero Mariana alcanzó a escuchar:
—Tú dijiste que ella nunca revisaba.
Ahí estuvo el quiebre.
La traición no venía solo del golpe. Venía de meses de saqueo, de risas a sus espaldas, de planes para meter a Graciela a la casa, borrar el despacho de su padre y convertir su vida en una prisión elegante.
A lo lejos, una patrulla apareció en la calle privada.
Alejandro miró la patrulla, luego a Mariana.
—Mara, por favor. Tú no quieres hacer esto.
Ella sintió el labio partirse de nuevo al hablar.
—No. Lo que no quería era vivir con miedo.
La patrulla se detuvo frente al jardín justo cuando Graciela intentó agarrar una maleta y correr hacia el coche.
Pero uno de los guardias se interpuso.
Y cuando los policías bajaron, Mariana entendió que el verdadero escándalo apenas comenzaba.
PARTE 3
El primer policía se acercó con una libreta en la mano.
—¿Señora Mariana Rivas?
—Soy yo.
Su voz salió firme, aunque las costillas le dolían al respirar.
La licenciada Ortega entregó una memoria USB, fotografías impresas, el reporte médico y una copia de la denuncia preparada esa misma mañana. Mariana vio cómo Alejandro intentaba recuperar su personaje de hombre respetable. Se acomodó la camisa, respiró hondo y habló con una calma falsa.
—Oficial, mi esposa está pasando por una crisis emocional. Discutimos, sí, pero ella suele exagerar. Necesita ayuda.
Mariana lo miró con una tristeza seca.