PARTE 1
—No hagas escándalo, Mariana. Un niño menos no va a hundir a esta familia.
Eso le dijo su padre mientras su hijo de 6 años desaparecía en el mar.
Durante un segundo, Mariana Salcedo no entendió nada. El yate seguía avanzando frente a la bahía de Puerto Vallarta, iluminado por luces doradas, música de mariachi suave y copas de champaña levantadas por empresarios, políticos y señoras con apellidos largos. Era la fiesta de compromiso de Claudia, su hermana menor, la hija perfecta de la familia Salcedo.
Y entonces Nico cayó por la borda.

No tropezó.
No resbaló.
Mariana lo vio.
Vio la mano de Teresa, su madre, apoyarse en la espalda del niño. Vio cómo Claudia miró alrededor antes de sonreír. Vio a su padre, Rodrigo Salcedo, dueño de hoteles, constructoras y media prensa local, cerrar la mano sobre su muñeca para impedirle correr.
—¡Nico! —gritó Mariana.
El grito partió la fiesta en dos.
Algunos invitados voltearon. Otros se quedaron congelados con la copa en la mano, como si no supieran si aquello era una tragedia o una escena incómoda que convenía ignorar.
—¡Auxilio! ¡Mi hijo cayó al agua!
Mariana intentó soltarse, pero Rodrigo apretó más fuerte.
—Te advertí que no trajeras tus problemas a la fiesta de tu hermana.
—¡Es tu nieto!
La mirada de su padre no cambió.
—Es el hijo de una vergüenza.
Teresa se acercó, elegante en su vestido blanco, con perlas en el cuello y una calma que le heló la sangre a Mariana.
—Esta familia ha sobrevivido generaciones porque sabe cortar lo que la mancha —susurró.
Después la empujó.
El cielo se volteó. La música se convirtió en viento. Mariana sintió el golpe brutal del agua, el vestido jalándola hacia abajo, la sal quemándole la garganta. Subió como pudo, tragando mar, golpeando las olas con desesperación.
—¡Mamá!
Nico estaba a varios metros, moviendo los brazos, llorando, hundiéndose y saliendo.
Mariana nadó como si el mundo entero estuviera detrás de su hijo. Cuando llegó a él, Nico se aferró a su cuello.
—Mi abuela me empujó —sollozó—. Mamá, ¿por qué mi abuela me empujó?
Mariana no contestó.
El yate no se detuvo.
Ni una lancha.
Ni un salvavidas.
Ni una voz.
Solo la silueta brillante de La Reina del Pacífico alejándose con música, risas nerviosas y la familia Salcedo fingiendo que no acababa de intentar matar a una madre y a un niño.