Pasaron horas. Mariana perdió la noción del tiempo. Solo sabía que debía mantener a Nico despierto.
—Háblame, amor. Dime qué quieres cenar mañana.
—Chilaquiles —murmuró él, temblando.
—Entonces vamos a comer chilaquiles.
—Tengo frío.
—Yo también. Pero no nos vamos a morir aquí.
Cuando las luces de una lancha pesquera aparecieron en la oscuridad, Mariana ya no tenía fuerza para gritar. Un pescador de Sayulita los sacó del agua con ayuda de 2 hombres. Nico fue envuelto en una cobija. Mariana cayó al piso mojado, sin soltarle la mano.
—¿Qué les pasó? —preguntó el pescador.
Ella apenas pudo hablar.
—Mi familia intentó matarnos.
A la mañana siguiente, en el hospital, Mariana descubrió que los Salcedo ya habían contado otra historia.
Un comunicado decía que Mariana, “emocionalmente inestable”, había saltado al mar con su hijo durante un episodio de crisis. Su familia pedía privacidad y prometía pagar su tratamiento psicológico.
Mariana leyó esas palabras con Nico dormido a su lado.
Y entendió que el mar no había sido lo más peligroso.
Lo peor empezaba ahora.
PARTE 2
La primera persona a la que Mariana llamó fue a Julián Mercado.
Habían sido novios antes de que Rodrigo Salcedo lo expulsara de Guadalajara con amenazas disfrazadas de consejos. Julián era entonces un estudiante de derecho sin apellido. Ahora era abogado penalista y conocía demasiado bien a los hombres que compraban silencios.
Llegó al hospital esa misma noche.
No la abrazó de inmediato. Primero miró los moretones en sus brazos, la herida en su frente y a Nico dormido con una vía en la mano.
—Dime todo —pidió.
Mariana habló.
Contó que la habían invitado a la fiesta solo porque Claudia no quería que los invitados preguntaran por la hija ausente. Contó que su madre llevó a Nico cerca de la borda con el pretexto de mostrarle los fuegos artificiales. Contó que su padre la sujetó cuando ella corrió. Contó que el yate siguió navegando.
Julián no la interrumpió.
Cuando terminó, solo dijo:
—No quieren ocultar un accidente. Quieren fabricar tu locura.
Al día siguiente, Julián llevó a una investigadora privada: Renata Luján, una mujer de cabello corto, botas negras y ojos que parecían revisar hasta las paredes. Ella empezó por la tripulación.
El capitán aseguró que Mariana había bebido demasiado.
Una mesera dijo que la vio llorando antes del incidente.
Un invitado declaró que Mariana discutió con Claudia.
Todo sonaba armado.
—Planearon esto —dijo Mariana, con la voz rota.
Renata no respondió de inmediato.
Dos días después encontró la primera grieta.
Un ayudante de cubierta llamado Toño había sido despedido esa misma madrugada y recibió 80,000 pesos en efectivo para irse a Colima. No se fue. Estaba escondido en un motel barato, asustado y furioso.
Su declaración cambió todo.
—Yo vi a la señora Teresa empujar al niño —dijo en video—. Luego la señora Mariana corrió, y don Rodrigo la agarró. Después la empujaron también. Cuando quise lanzar un salvavidas, el patrón me gritó que me iba a desaparecer si me metía.
Mariana vomitó en el baño al escucharlo.
No porque dudara.
Sino porque una parte de ella todavía esperaba una explicación menos monstruosa.
Esa misma noche, Claudia cometió un error.
Le mandó un mensaje a Mariana.
Siempre arruinas todo. Ni ahogarte pudiste sin robarme la atención.
Julián leyó el mensaje y respiró hondo.