—¿Sabes? —dijo Lucía—. Si no me hubiera vestido horrible aquel día… tal vez no nos habríamos conocido así.
Alejandro negó con la cabeza.
—Te habría encontrado de todas formas.
—¿De verdad?
—Seguro.
Se detuvo y tomó su mano.
—Porque desde el primer momento… lo supe.
—¿Qué cosa?
Alejandro sonrió.
—Que tú eras la única persona en el mundo que no podía ser comprada con dinero.
Y bajo el atardecer, Lucía comprendió algo.
A veces…
Las mejores historias de amor comienzan con una vieja sudadera, un pequeño café y dos personas cansadas del amor equivocado… pero aún dispuestas a creer otra vez.