El pequeño café olía a canela y a espresso ligeramente quemado. Estaba en una calle tranquila de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Era uno de esos lugares donde la gente iba cuando necesitaba esconderse un momento del caos de la vida.
En una tarde nublada de martes, Lucía Herrera estaba sentada en un booth en la esquina, cerca de la ventana. Llevaba una sudadera gris holgada que claramente había sido usada durante años. Su cabello estaba simplemente recogido en un moño desordenado que no tenía nada que ver con la moda.
También había elegido sus jeans más viejos — aquellos con una pequeña mancha en la rodilla causada por un accidente con espagueti que prefería olvidar.
No llevaba maquillaje.
Ni un poco.
Cada detalle de su apariencia había sido cuidadosamente elegido.
Lucía miró su celular por tercera vez en cinco minutos, resistiendo la tentación de escribirle a Carla, su mejor amiga, quien había organizado aquella cita a ciegas.
La verdad era simple.
Había aceptado porque era más cansado decirle que no a Carla que venir a la cita.
Después de tres años de relaciones fallidas y un compromiso humillante que terminó cuando su prometido desapareció llevándose todos sus ahorros, Lucía había creado su propia regla.
Verse lo menos atractiva posible en la primera cita.
Si un hombre no podía aceptarla cuando estaba en su versión más simple y poco arreglada, entonces no merecía conocer su mejor versión.
Eso era lo que se decía.
Pero la verdad era más sencilla.
Solo quería controlar el dolor antes de que el dolor la controlara a ella.
La pequeña campana de la puerta del café sonó.
Lucía levantó la mirada, esperando ver a un hombre normal — alguien que Carla había descrito como amable y sencillo.
Pero el hombre que entró llevaba un traje color carbón.
No cualquier traje.
Era el tipo de traje que no necesitaba mostrar riqueza porque la elegancia ya la decía todo.
Era alto, de hombros anchos, con cabello oscuro ligeramente plateado en las sienes que lo hacía verse aún más distinguido.
La forma en que caminaba transmitía una confianza natural — la confianza de alguien que nunca había dudado de su lugar en el mundo.
Lucía lo observó mientras miraba alrededor del café, segura de que buscaba a otra persona.
Entonces sus miradas se encontraron.
El hombre sonrió.
Y caminó directamente hacia ella.
—¿Lucía?
Su voz era cálida, con un ligero tono ronco que parecía venir de muchas noches sin dormir… o tal vez de buen whisky.
—Soy Alejandro Reyes. Carla me dijo que estarías en la mesa del rincón.
La garganta de Lucía se secó.
Seguro había un error.
Carla solo le había dicho que le presentaría a un compañero de trabajo amable que acababa de terminar con su novia.
Pero el hombre frente a ella parecía alguien que aparecería en la portada de una revista de negocios.
No en una cita a ciegas.
—Ah… sí, soy yo —dijo con cierta incomodidad—. Puedes sentarte… o si prefieres irte, lo entenderé.
La sonrisa de Alejandro se amplió.
Un pequeño hoyuelo apareció en su mejilla izquierda.
—¿Por qué me iría? —dijo—. Apenas acabo de llegar.
Se sentó frente a ella como si todo fuera lo más natural del mundo.
Por eso Lucía se volvió aún más consciente de su vieja sudadera y sus jeans gastados.
Alejandro la observó un momento.
—Tengo que decir algo —comentó.
Lucía levantó una ceja.
—¿Qué?
—Carla olvidó mencionar algo.
—¿Qué cosa?
—Que tienes los ojos más expresivos que he visto en mucho tiempo.
Lucía parpadeó.
—¿Estás seguro de que estás hablando con la Lucía correcta?
Alejandro se recostó en la silla.