Jimena no podía tener hijos. Eso yo lo sabía. Lo que no sabía es que, semanas antes de que yo diera a luz, ella había perdido un bebé. Casi a término. No me lo dijeron para no preocuparme; yo estaba sola, viuda, embarazada. Jimena quedó destrozada. No comía. No hablaba.
—La noche que te pusiste mal —me dijo mi mamá—, yo llegué tarde a la clínica. Cuando llegué, Jimena ya tenía a tu bebé en brazos. Y me dijo que era de ella. Que Dios se lo había devuelto.
Apretó los labios.
—Y yo… —La voz se le rompió—. Yo te vi tan sola, hija. Tan rota. Pensé que él iba a estar mejor con ella. Con un papá. Con una casa. Me dije que era lo mejor para todos.
Doce años. Mi propia madre me dejó llorar un hijo que estaba vivo, durmiendo a dos cuadras.
—¿Lo mejor para todos, mamá? —fue lo único que le pude decir—. ¿Para todos?
Fui a ver a Jimena otra vez. Ya no a preguntar. A despedirme de la hermana que creí tener.
—Perdiste un bebé —le dije—. Lo siento. De verdad. Pero el que te llevaste era el mío.
Y ahí se le cayó la cara de víctima. La que traía puesta desde la fiesta.
—Tú lo ibas a meter a una guardería para irte a tus destacamentos —me escupió—. Yo le canté todas las noches. Yo lo llevé a la escuela. Yo soy su madre.
—Tú lo robaste.
—Yo lo crié. Y le di lo que tú nunca le hubieras dado. Déjalo donde está, y los dos me lo van a agradecer.
Doce años después, todavía me hablaba como si robarme a mi hijo me hubiera hecho un favor.
No me temblaron las manos. En la fiesta me temblaron. Frente a ella, esa tarde, no.
—Lo voy a recuperar, Jimena. Pero no por castigarte. Por él. Para que el día que pregunte, sepa que su mamá nunca lo regaló. Que se lo quitaron.
Demandé. Y fue lo más feo que he hecho en mi vida.
Porque demandar era meter a Diego en eso. Un juez le iba a preguntar a un niño de doce años a quién quería más.
Pasaron siete meses. Audiencias. Una prueba de ADN ordenada por el tribunal, esta vez sí. Jimena peleó cada papel. Sus abogados me pintaron como la tía resentida que perdió al marido y quería quitarle el hijo a su hermana por venganza.
Medio mundo les creyó. En las reuniones familiares dejaron de hablarme.
Hubo una noche en que llamé a mi papá llorando. Le dije que ya no quería. Que Diego me miraba feo, que no valía la pena.
—Si te rindes —me dijo—, él va a crecer creyendo que su mamá de verdad no lo quiso. ¿Le vas a dejar esa herida también?
No.
Aguanté siete meses más por esa sola razón.
El ADN del tribunal salió igual que el mío. Diego es mi hijo. Mío.
El juez corrigió el acta. Donde decía “hijo de Jimena” ahora dice mi nombre. Leyó en voz alta que me dijeron que mi hijo había muerto. Que yo nunca firmé, nunca regalé, nunca solté a ese niño.
Doce años cargué una culpa que no era mía: la de no haber sentido respirar a mi bebé. Ese día la solté. A mí me lo quitaron. Yo no fallé.
Pero no hubo abrazos de película.
Diego no corrió a mis brazos. Ese día ni me quiso ver. Para él, el juez le acababa de quitar a su mamá. Salió del juzgado de la mano de mi papá, sin voltear.
Recuperé a mi hijo. Y mi hijo, ese día, me odiaba.