Mi hermana se embarazó de mi esposo. Y lo gritó con micrófono, frente a trescientos invitados, en plena fiesta de mis diez años de casada.

Le arrancó el micrófono al DJ. “Estoy esperando un hijo de Fernando”, dijo. Y sonrió. Me sonrió a mí.

Mi mamá soltó la copa de vino. El vidrio se hizo pedazos contra el mármol. Mi papá se agarró de la mesa como si el piso se moviera.

Yo no me moví. No grité, no lloré. Porque en la mesa del fondo había un señor de traje gris que Jimena no conocía. Y yo llevaba cuatro meses esperando este momento exacto.

 

Tengo treinta y ocho años. Fui militar, ya retirada, y hay cosas que no se te quitan: la principal es que no enfrentas nada sin tener todas las balas.

Esa fiesta la armé yo. Yo escogí el salón, el mariachi, el pastel de tres pisos. Hasta mandé bordar las servilletas con nuestras iniciales. Diez años con Fernando. Diez. Esa mañana le planché yo misma la camisa azul, la que tanto le gustaba.

Jimena es mi hermana menor. La que cargué de bebé, la que saqué de deudas que ni mis papás supieron. Llegó a la fiesta con un vestido rojo, me abrazó fuerte y me dijo al oído: “Te quiero mucho, hermana.”

Olía al perfume de Fernando.

En ese momento no até cabos. Pero dos meses antes, Fernando había llegado a la casa oliendo a ese mismo perfume, y cuando le pregunté, me dijo que era el ambientador nuevo del coche.

Le creí. Claro que le creí.

Lo de contratar al investigador no fue por Jimena. Fue por Fernando. Empezó con las juntas de emergencia los sábados. Un viaje a Cuernavaca “con los del trabajo”. Un catorce de febrero salió a comprarme flores y regresó tres horas después con las manos vacías.

No reclamé. En vez de eso le hablé a Héctor Mendoza, investigador. “Quiero saber con quién”, le dije. “Nada más eso.”