Había estado cargando a un niño mientras estaba atrapado en coma durante ocho largos meses…

 


Daniel se quedó inmóvil.

Los dedos de Emily acababan de moverse.

—¡Doctor! —gritó, corriendo hacia la puerta—. ¡Doctor, venga rápido!

El médico que estaba de guardia entró apresuradamente junto con dos enfermeras. Todos observaron el monitor cardíaco. Los números seguían siendo estables, pero algo había cambiado. La actividad cerebral mostraba pequeñas señales que no habían aparecido en meses.

—Esto no puede ser una coincidencia… —murmuró una de las enfermeras.

Lily retrocedió unos pasos y observó en silencio.

De repente, Emily inhaló profundamente.

Sus párpados temblaron.

Una vez.

Dos veces.

Luego se quedaron quietos.

Daniel sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Emily… si puedes escucharme, estoy aquí —susurró mientras le tomaba la mano.

Pasaron varios minutos.

Nada.

Los médicos comenzaron a pensar que había sido solo un reflejo involuntario.

Entonces ocurrió algo aún más extraño.

El bebé dentro del vientre de Emily empezó a moverse con una fuerza extraordinaria.

La pantalla del monitor fetal emitió varios pitidos seguidos.

—¡El bebé está respondiendo! —exclamó una enfermera.

En ese instante, Emily apretó la mano de Daniel.

Esta vez no fue un espasmo.

Fue un apretón firme.

Los ojos de Daniel se llenaron de lágrimas.

—¡Emily! ¡Emily!

Lentamente, los párpados de la mujer comenzaron a abrirse.

La habitación quedó en absoluto silencio.

Después de ocho meses de oscuridad, Emily vio una tenue luz blanca.

Su visión era borrosa.

Escuchaba voces lejanas.

Y entonces recordó algo.

Un sueño.

Durante todos aquellos meses había estado atrapada en un lugar extraño, como un bosque cubierto de niebla. Caminaba sola, incapaz de encontrar la salida. Pero cada noche escuchaba una voz.

Una voz pequeña.

Una niña.

“Tu bebé te necesita.”

Era la misma frase que Lily acababa de susurrar.

Emily intentó hablar.