No la había visto en cuatro años. Desde el divorcio. Dado que ambos entendimos que el amor no siempre termina en el golpe; a veces simplemente se desgasta hasta que se vuelve irreconocible.
Nos casamos jóvenes. Demasiado joven tal vez. Soñaba con abrir una galería de arte en Guadalajara. Estaba obsesionado con crecer dentro de un bufete de abogados en Monterrey. Al principio creíamos que el esfuerzo era temporal, que un día tendríamos tiempo para nosotros mismos.
Ese día nunca llegó.
Las cenas se quedaron en silencio. Las conversaciones terminaron reducidas a facturas, horarios y pequeños reproches que se acumularon como el polvo. Nadie engañó a nadie. Nadie gritó demasiado. Simplemente dejamos de mirarnos.
Y una mañana firmamos el divorcio.
No hay drama.
Sin lágrimas.
Como dos personas cansadas.
Después de eso, Mariana desapareció de mi vida. Escuché de conocidos que se había mudado a Mérida para trabajar en la restauración de casas antiguas. Continué en Monterrey, enterrado entre archivos, audiencias y oficinas con ventanas que nunca se abrieron.
Fue un viaje corto. Dos días para cerrar un trato inmobiliario y volver. Pero la primera noche, después de una aburrida cena con los invitados, decidí caminar por el centro histórico para despejarme.
Había música saliendo de los bares, olor a lluvia reciente y calor pegado a la piel. Entré en una pequeña cafetería porque necesitaba sentarme un rato.
Y ahí estaba.
Mariana.
Sentado junto a la ventana, leyendo un libro como si el tiempo no hubiera pasado.
Cuando levantó la vista y me reconoció, sonrió apenas.
—Daniel…
Escuchar mi nombre en su voz me desarmó más de lo que esperaba.
Nos quedamos hablando horas.
Al principio cuidadosamente. Entonces, muy fácilmente. Recordamos tonterías: el gato que odiaba a todos, nuestro absurdo viaje a Veracruz, las veces que nos quedamos despiertos viendo malas películas solo para no discutir.
Y entonces entendí algo peligroso.
Todavía me sentía como en casa cuando estaba hablando con ella.