—¿A tiempo para qué?
—Para terminar con este error antes de que llegue demasiado lejos.
Alejandro soltó una risa seca, sin humor.
—¿Error? ¿De verdad le llamas error a que me haya acostado con una mujer adulta?
Octavio lo miró fijamente.
—No. Le llamo error a que te hayas metido en la cama con la única mujer a la que jamás debiste tocar.
El aire en la habitación se congeló.
Alejandro volteó a ver a Camila. Ella bajó la cabeza, mientras las lágrimas seguían cayendo.
—Habla —dijo él entre dientes—. ¿De qué está hablando?
Camila movió los labios, pero no logró pronunciar nada.
Octavio respondió por ella.
—Esa mujer no se llama realmente Camila Torres.
Alejandro sintió que se le vaciaba el pecho.
—Se llama Camila Vergara.
Aquel apellido cayó en la habitación como una explosión.
Vergara.
Un nombre que en la familia Rivas había estado prohibido durante veinte años.
El grupo Vergara había sido el socio más importante de los Rivas, hasta aquel escándalo financiero que lo destruyó todo. Después del desastre, Elías Vergara apareció en todos los periódicos como un ladrón, un traidor, un hombre que había arruinado a sus propios inversionistas. Y Octavio Rivas quedó ante el mundo como el empresario que supo “salvar” lo que quedaba.
Alejandro miró a Camila como si ya no supiera quién era.
—¿Eres hija de Elías Vergara?
Ella asintió lentamente, con una mezcla de vergüenza y dolor.
Alejandro sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—No puede ser…
Recordó entonces la primera vez que la vio en una subasta de arte en Polanco. La forma en que evitaba hablar de su familia. La cautela que siempre había en su mirada. Esa mezcla extraña de frialdad inteligente y fragilidad contenida. Todo encajó de golpe en una imagen completamente distinta.
—¿Te acercaste a mí por eso? —preguntó con la voz ronca.
Camila rompió a llorar.
—Al principio… sí.