Él jamás había visto a una mujer temblar así después de una noche entera de deseo… pero cuando Alejandro vio la sábana manchada de sangre, entendió que no había compartido su cama con una aventura cualquiera, sino con un secreto capaz de destruirlo todo.

Camila negó con la cabeza, pero sus ojos lo delataron todo: ella sabía perfectamente quién estaba afuera.

El timbre volvió a sonar.

Esta vez no fueron tres toques separados, sino una ráfaga larga y estridente.

Alejandro caminó hacia la puerta. Pero apenas había dado dos pasos, Camila se levantó de la cama de golpe, ignorando el dolor, y corrió a sujetarle la mano.

—¡No abras! —casi suplicó entre lágrimas—. Te lo ruego, Alejandro… no abras.

Él miró la mano de ella, que temblaba con fuerza mientras se aferraba a su muñeca.

—Camila, me estás volviendo loco. ¿Qué demonios está pasando?

Ella tragó saliva, con las lágrimas resbalándole por la cara.

—Si abres la puerta… todo se va a acabar.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué se va a acabar?

Camila aún no alcanzaba a responder cuando desde afuera se escuchó una voz masculina, grave, fría y llena de autoridad:

—¡Camila! Sé que estás ahí adentro. Abre ahora mismo.

Alejandro se quedó helado.

No porque la voz fuera fuerte.

Sino porque la reconoció.

La había escuchado durante años en reuniones familiares, en cenas lujosas, en consejos dados con una frialdad que siempre imponía.

Era la voz de Octavio Rivas.

Su padre.

Alejandro volteó bruscamente hacia Camila.

—¿Por qué mi padre te está buscando?

Camila cerró los ojos, como si aquella pregunta fuera la puñalada final.

Afuera, Octavio volvió a hablar, esta vez con una dureza que cortaba el aire:

—Alejandro, si estás ahí, abre la puerta. Ahora mismo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Todo en su cabeza empezó a enredarse. La mujer que acababa de pasar la noche en su cama. La sangre sobre las sábanas blancas. El miedo salvaje en los ojos de ella. Y ahora su padre en la puerta del penthouse al amanecer, como si hubiera sabido todo desde antes.

Alejandro soltó la mano de Camila con lentitud.

—Necesito saber la verdad.

Caminó hasta la puerta y abrió.

Octavio estaba ahí, vestido con un traje gris impecable, el rostro duro y sin una sola grieta emocional. A su lado se encontraba una mujer mayor, vestida de negro con elegancia severa: Mercedes, la ama de llaves de la familia Rivas desde hacía décadas. Detrás de ambos, dos guardaespaldas.

La escena no parecía una visita.

Parecía una captura.

Octavio entró sin esperar invitación. Su mirada recorrió el departamento hasta detenerse en Camila, envuelta en una sábana, inmóvil entre la sala y la habitación.

Luego vio la mancha de sangre en la cama.

Por primera vez, en sus ojos de acero apareció una chispa de furia real.

—Ya te lo había advertido —dijo Octavio con lentitud.

Camila rompió en llanto.

Alejandro, casi por instinto, dio un paso al frente, poniéndose ligeramente delante de ella.

—Alguien va a explicarme de una vez qué carajos está pasando aquí.

Octavio giró hacia su hijo.

—Deberías agradecerme que haya llegado a tiempo.