—Claro que te habría mirado diferente.
—¡Exactamente! —soltó ella, rompiéndose por dentro—. Y yo no quería tu lástima… ni tus cuidados… ni que pensaras que eras responsable de algo que yo decidí.
Él quiso responder.
Pero no pudo.
Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.
Y, sin embargo, algo no terminaba de encajar.
Algo en su voz.
Algo en la forma en que lloraba.
No era solo por la sangre.
No era solo por la verdad.
Era miedo.
Miedo de otra cosa.
Alejandro la observó con el pulso acelerado.
—Camila… ¿qué más no me dijiste?
Ella apretó las sábanas con fuerza.
Los labios le temblaban.
Y justo cuando finalmente abrió la boca para responder… sonó el timbre del departamento.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Insistente.
Amenazante.
Alejandro volteó hacia la puerta.
Camila se puso pálida al instante.
Como si hubiera reconocido perfectamente quién estaba del otro lado.
Quién había llegado al penthouse justo en ese momento.
¿Quién había aparecido en el departamento de Santa Fe a esa hora?
¿Qué secreto estaba a punto de salir a la luz?
¿Por qué Camila parecía tenerle más miedo al timbre que al propio Alejandro?
Lo que ocurrió después…
El timbre seguía sonando con insistencia, como si la persona del otro lado ya hubiera perdido por completo la paciencia.
Alejandro volteó a ver a Camila. Su rostro estaba completamente pálido, y sus labios temblaban sin control. Ya no parecía la mujer suave y seductora de la noche anterior. En ese instante, parecía más bien un pajarito acorralado, como si estuviera esperando que alguien terminara de aplastarla.
—¿Quién es? —preguntó Alejandro en voz baja.