Él jamás había visto a una mujer temblar así después de una noche entera de deseo… pero cuando Alejandro vio la sábana manchada de sangre, entendió que no había compartido su cama con una aventura cualquiera, sino con un secreto capaz de destruirlo todo.

Alejandro sintió que le apretaban el pecho.

—Entonces era verdad.

—¡Pero después ya no! —gritó ella, desesperada, acercándose—. Te lo juro, Alejandro, todo cambió. Yo no planeé que pasara lo de anoche. Solo quería decirte la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

Octavio soltó una risa helada.

—¿La verdad? ¿O la última venganza de la sangre Vergara?

Alejandro volteó hacia su padre.

—¿Desde cuándo sabías quién era ella?

—Desde antes de que la conocieras.

—¿Lo sabías? —Alejandro lo miró atónito—. ¿Lo sabías y aun así la dejaste acercarse a mí?

Hubo un instante de silencio.

Y ese silencio resultó más aterrador que cualquier respuesta.

Alejandro miró a su padre sintiendo, por primera vez, que algo muy oscuro se abría delante de él.

—¿Tú… planeaste todo esto?

Octavio alzó apenas la comisura de los labios.

—Solo quería saber hasta dónde pensaba llegar. Y la mejor forma de atrapar a un Vergara era dejarlo creer que estaba cazando.

Camila retrocedió como si la hubieran abofeteado.

Alejandro apretó los puños.

—¿Me usaste como carnada?

—Te protegí. Protegí a esta familia.

—¿O estabas escondiendo algo?

Aquella pregunta hizo que Mercedes levantara apenas la mirada. Un gesto mínimo. Pero Alejandro lo vio.

Se volvió bruscamente hacia ella.

—¿Usted qué sabe?

Mercedes palideció.

Octavio habló con una dureza seca:

—Cállese.

Pero Camila, de pronto, habló con una voz rota y afilada al mismo tiempo:

—Díselo. Dile a Alejandro lo que su padre le hizo al mío.

Octavio dio un paso hacia ella con una mirada asesina.

—Cállate.

Alejandro volvió a ponerse frente a Camila.

—No. Hoy no se va a callar nadie.

Camila respiró hondo, intentando sostenerse.

—Mi padre no robó nada. Lo hundieron.