Valeria apretó la sábana contra el pecho.
“Ella tenía derecho a saber.”
“No entiendes lo que hiciste”, murmuró Rodrigo.
“Sí entiendo”, dijo ella, con una rabia que le temblaba en la boca. “Tú dijiste que ibas a dejarla después del cierre con los de Monterrey. Dijiste que ese matrimonio ya no existía.”
Rodrigo soltó una carcajada amarga.
“Yo digo muchas cosas.”
Ahí, por primera vez, Valeria entendió que no era la elegida. Era apenas una distracción con acceso al calendario del jefe.
Mientras tanto, en las oficinas de Santa Fe, el edificio completo parecía una olla de presión. Los empleados fingían trabajar, pero todos habían visto la foto. Los directores caminaban rápido. Los abogados entraban y salían de una sala de juntas. Los inversionistas exigían una reunión urgente.
A las 10:30, el consejo se reunió sin mí.
Rodrigo llegó con el traje arrugado y la cara de un hombre que había dormido en una mentira y despertado en una crisis.
Don Ernesto lo miró desde la cabecera de la mesa.
“Explícate.”
“Es un asunto personal”, dijo Rodrigo.
La consejera Patricia Salgado se quitó los lentes lentamente.
“Dormir con tu asistente, que tiene acceso a documentos confidenciales, rutas fiscales, contratos aduanales y agendas de inversionistas, no es un asunto personal.”
El abogado corporativo puso una carpeta sobre la mesa.
“Esta mañana recibimos notificaciones de preservación de evidencia por parte de la licenciada Jimena Alcázar, representante de Mariana Torres. También se entregó información preliminar a la Comisión Nacional Bancaria y a la autoridad fiscal.”
Rodrigo tragó saliva.
“¿Qué información?”