Me levanté sin hacer ruido. Saqué de la caja fuerte una maleta negra que llevaba dos meses lista: pasaporte, escrituras, estados de cuenta, copias de contratos, dos teléfonos nuevos y una carpeta con correos que Rodrigo jamás imaginó que yo tenía.
Me quité el anillo.
Lo dejé sobre su almohada.
Bajé al garaje y no tomé el Mercedes ni la camioneta blindada. Tomé un coche gris, discreto, registrado a nombre de una empresa fantasma que Rodrigo había olvidado.
Cuando salí de la casa, la Ciudad de México seguía dormida.
Yo no.
A las 5:20 ya iba rumbo al aeropuerto.
A las 6:40 estaba sentada en un vuelo a Mérida, con un café en la mano y un teléfono nuevo encendido.
Le escribí a mi abogada:
“Ejecuta el plan.”
Su respuesta llegó al instante:
“Confirmado.”
Miré por la ventana mientras la ciudad se hacía pequeña debajo de las nubes.
Valeria pensó que me había humillado con una foto.
No podía creer lo que estaba por pasar…
PARTE 2
Rodrigo despertó a las 8:13 con ciento veintiséis llamadas perdidas.
Primero pensó que se trataba de un accidente en la empresa. Luego vio el chat del consejo. Después vio la foto.
Su rostro se quedó sin sangre.
Valeria, todavía envuelta en la sábana, abrió los ojos cuando él se levantó de golpe.
“¿Qué pasó?”, preguntó.
Rodrigo no respondió. Le arrebató el celular de la mano. En la galería estaba la misma foto. Enviada a mi número a las 3:01.
Él la miró como si acabara de descubrir que el incendio había empezado en su propia cama.
“Tú la mandaste.”