Nadie contestó de inmediato.
Porque todos empezaban a entender que la foto no era el escándalo.
Era la puerta.
Yo estaba en una casa discreta en Mérida, propiedad de una amiga de la universidad. Desde la terraza se escuchaban pájaros, no tráfico. El calor era limpio, brutal, honesto. Nada que ver con el frío elegante de la casa donde había dormido junto a Rodrigo durante siete años.
Mi abogada apareció en videollamada.
“Ya recibieron el paquete”, dijo.
“¿Y el consejo?”
“En pánico. Rodrigo quiere hablar contigo.”
“No.”
Jimena asintió, como si ya lo supiera.
“Su padre preguntó si estás a salvo.”
Eso me dolió más de lo que esperaba. Don Ernesto nunca fue cariñoso, pero una vez me dijo en privado: “Mi hijo heredó el apellido. Tú te ganaste el respeto.”
No lo olvidé.
“Dile que estoy viva. Nada más.”
Seis meses antes, yo había encontrado la primera factura falsa.
Una consultora en Querétaro cobrando millones por servicios logísticos inexistentes. Luego otra en Panamá. Después tres empresas en Nuevo León. Al principio pensé que era un gerente robando. Pero las aprobaciones tenían la firma digital de Rodrigo.