parte 1
La niña de 8 años apareció encerrada en el cuarto de limpieza del Instituto Santa Aurelia, con la mejilla marcada y repitiendo que era culpa suya haber nacido “difícil de querer”.
Valeria Montes llegó antes de la hora de salida porque una madre le había mandado un mensaje que le heló la sangre: “Ven ya. Pasillo del gimnasio viejo. Oigo llorar a Sofía”. En el estacionamiento del colegio privado, entre camionetas de lujo y choferes esperando a los hijos de empresarios, Valeria bajó del coche sin gritar, sin correr, con esa calma peligrosa de una mujer que había aprendido a escuchar antes de actuar.
Nadie en el Instituto Santa Aurelia sabía que Valeria era jueza federal. Para ellos era solo una madre viuda, educada pero discreta, de esas que pagaban con esfuerzo una colegiatura reducida y no pertenecían al círculo de familias donadoras. Su hija, Sofía, era una niña sensible, curiosa, lenta para copiar del pizarrón, rápida para hacer preguntas que incomodaban a los adultos impacientes. La maestra Inés Robledo la llamaba “distraída”, “dramática”, “necesitada de límites”.
Meses antes, Valeria había notado que Sofía dejaba de cantar en el coche. Luego empezó a disculparse por todo: por tirar agua, por tardar en ponerse los zapatos, por preguntar si su papá, muerto en un accidente cuando ella tenía 3 años, la habría querido igual aunque llorara mucho.
Una tarde, afuera de la puerta principal, Rosa Méndez, madre de Emiliano, se acercó a Valeria con la voz temblando.
—Mi hijo dice que la maestra Inés puso a Sofía viendo la pared durante ciencias.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Dijo algo más?
Rosa miró hacia los guardias del colegio.
—Dijo que a veces los llevan al cuartito del gimnasio. A Emiliano lo metieron ahí el año pasado.
Desde entonces, Valeria empezó a mirar el colegio de otra manera. Donde antes veía pisos brillantes, ahora veía rincones sin cámaras. Donde escuchaba frases sobre “excelencia formativa”, ahora oía amenazas disfrazadas de preocupación. El director, Héctor Salcedo, siempre sonreía como si estuviera perdonando la vida de los demás.
A las 2:14 de un martes, llegó el mensaje de Rosa. Valeria estaba en su oficina revisando un expediente de corrupción municipal. Cerró la carpeta.
—Cancelen la llamada —dijo a su secretaria.
—¿Se siente mal, licenciada?