En un video del jueves pasado, Doña Elvira le había preparado unas corundas típicas. Valeria entró a la cocina, agarró el plato completo y lo tiró directo al triturador del fregadero sin dudarlo ni un segundo.
“Trágate esto tú, vieja inútil. Yo no me voy a meter a la boca tus porquerías, me vas a llenar la casa de cucarachas”, se escuchaba claramente en la grabación de audio, con un tono venenoso.
Mateo vio con horror cómo su madre se hincaba en el piso de mármol para recoger unas migajas que habían caído, llorando en silencio con una mirada completamente rota y derrotada por la humillación.
Él, un güey que movía millones en la bolsa de valores, que generaba empleos y era respetado por todos, había fracasado en lo más básico: proteger a la mujer sagrada que le dio la vida.
A la mañana siguiente, en cuanto Valeria se fue en su camioneta a su clase exclusiva de pilates, Mateo interceptó a Lupita, la trabajadora del hogar que llevaba años con ellos, y la arrinconó en el área de lavado.
“Dime la neta, Lupita. Y dímela ya. ¿Qué le hace Valeria a mi mamá cuando yo no estoy? Si me mientes para encubrirla, te corro hoy mismo sin liquidación”, soltó Mateo con una voz dura y amenazante.
Lupita soltó el montón de toallas, empezó a temblar y se soltó a llorar aterrada. “Ay, don Mateo, por favor perdóneme. La señora Valeria me tenía amenazada. Me dijo que si le contaba algo a usted, me iba a inventar un robo de joyas para meterme a la cárcel”.
Tragando saliva, la empleada le confesó el calvario diario. “Trata a su madrecita peor que a un animal. Un día hasta le dijo que la iba a dejar aguantar hambre para que aprendiera cuál era su lugar de arrimada en esta casa”.
“Su mami nunca le quiso decir nada a usted, don Mateo. Le daba pavor que usted sufriera. Decía que no quería ser una carga, que no quería destruirle su matrimonio a su niño precioso por ser una vieja estorbosa”.
Mateo sintió que le encajaban un cuchillo caliente en el pecho. Recordó cómo su madre dejaba de comer en su juventud para darle a él el único pedazo de carne que había. Y ahora, él la había dejado sola frente a un monstruo.
Sin decir más, caminó a paso rápido y firme hasta el cuarto de visitas. Abrió la puerta y encontró a Doña Elvira sentada en la orilla de la cama, doblando pequeños pedazos de papel de forma nerviosa.
“Jefa…”, le dijo Mateo con la voz totalmente rota, cayendo de rodillas frente a ella sobre la alfombra. “¿Por qué, mamá? ¿Por qué chingados aguantaste tantas humillaciones sin decirme una sola palabra? Ya lo vi todo en las cámaras”.
Doña Elvira soltó los papeles. Sus ojos cansados, rodeados de arrugas profundas, se llenaron de lágrimas al verse descubierta. Las manos le temblaban de manera incontrolable mientras intentaba acariciar el rostro de su hijo.
“Ay, mi muchacho adorado… Cuando un hombre se casa, la madre pasa a ser alguien de fuera. Yo no quería que por mi culpa tuvieras problemas con tu señora. Yo ya viví mi vida, hijo. Yo estoy acostumbrada a aguantar malos tratos”.
El llanto de Mateo fue desgarrador, un lamento de dolor puro. Abrazó las piernas de su madre con todas sus fuerzas. “¿De qué me sirve el maldito dinero si tú lloras a escondidas? Tú te partiste el alma en la calle por mí. Hoy se acaba esto, te lo juro por mi vida”.
Pasadas las 6 de la tarde, Valeria cruzó la puerta principal cargada con varias bolsas de Palacio de Hierro. Venía cantando, radiante, sintiéndose intocable y dueña absoluta de la vida de todos.
Al entrar a la enorme sala, la sonrisa de comercial se le borró de golpe. Mateo estaba sentado en el sofá de cuero negro, con una carpeta gruesa en las manos y una gran maleta de viaje tirada en el piso.
“¿Vas de viaje de negocios, mi amor?”, preguntó Valeria, haciéndose la desentendida, aunque un sudor frío le recorrió la espalda al notar la mirada oscura, fría y cargada de odio de su esposo.
“No, Valeria. La que se larga hoy mismo eres tú”, respondió Mateo, poniéndose de pie de un salto. Tiró la pesada carpeta sobre la mesa de cristal. Decenas de fotografías impresas y transcripciones de mensajes se desparramaron violentamente.
“¿Qué… qué es esto, güey?”, tartamudeó ella, retrocediendo un paso, pálida como un fantasma. “¿Me estuviste espiando en mi propia casa? ¡Eso es ilegal, estás completamente loco y paranoico!”
“La única enferma mental aquí eres tú, pedazo de escoria”, rugió Mateo con una voz que hizo temblar los adornos de las paredes. “No solo vi cómo le tirabas la comida a mi madre. Vi cómo la insultabas llamándola naca y muerta de hambre”.
Mateo sacó una hoja firmada y se la puso a centímetros de la cara. “Mis abogados revisaron tus correos. Ya tenías contactado un asilo clandestino en el Estado de México. Planeabas declararla con demencia senil para encerrarla ahí y quitarte el estorbo”.
Valeria, que siempre presumía sus apellidos y sus viajes elitistas, ahora estaba reducida a nada. Todo su falso prestigio se desmoronaba frente a las pruebas irrefutables de su infinita maldad. Las piernas le fallaron por completo.