PARTE 1
Mateo Garza, un empresario pesado de Santa Fe, estacionó su camioneta blindada frente a su impresionante mansión en Lomas de Chapultepec. Acababa de cerrar un contrato de 8 millones de pesos y su única idea en la cabeza era llegar temprano a casa.
Lo lógico habría sido irse a celebrar con sus socios a un restaurante caro, pero Mateo solo quería darle una sorpresa a la persona que más amaba en este mundo: su madre, Doña Elvira.
Ella llevaba apenas 4 meses viviendo en la capital. Doña Elvira había dejado su pequeño pueblito en Michoacán porque su salud ya no le permitía estar completamente sola y necesitaba cuidados constantes.
Mateo sentía una devoción total por esa mujer; era la madre soltera que se había roto el lomo vendiendo corundas y tamales en la calle para que él pudiera estudiar en una universidad de prestigio y salir adelante.
Ese martes, Mateo decidió apagar el motor del auto en silencio y entrar por el acceso lateral del jardín. Quería sorprender a su madre cocinando o tejiendo en el patio.
Pero al acercarse a los enormes ventanales de la cocina, los pies se le clavaron en el piso de piedra. Escuchó la voz de Valeria, su esposa, y no sonaba dulce ni amable como siempre.
“Neta me tienes harta. Ya te lo dije mil veces, no me vas a llenar mi cocina inteligente con tu pinche olor a fonda barata”, escupía Valeria con un tono cortante y lleno de un asco inmenso.
“Desde mañana, tus comidas de pueblo te las vas a tragar al cuarto de lavado, ahí junto a las escobas. Mis amigas van a venir y qué puto oso que esta casa huela a mercado. Das vergüenza”.
Mateo se quedó petrificado detrás del muro. A través de la puerta de cristal, vio a su madre de pie, temblando. Doña Elvira sostenía una pequeña olla de barro con frijoles de la olla recién hechos, de donde salía un hilito de vapor.