Su voz, rasposa por la edad, apenas era un susurro asustado y lleno de culpa. “Perdón, mija. Solo los preparé porque Mateo me dijo anoche que extrañaba mi sazón. Ahorita mismo abro las ventanas para que se salga todo el humo”.
“¡Me vale madre lo que extrañe tu hijo!”, gritó Valeria, dándole un manotazo violento a la cuchara de madera que Doña Elvira traía en la mano. “Si quieres comer tus nacadas, hazlo lejos de mí”.
Mateo sintió un coraje tan cabrón que la sangre le empezó a zumbar en los oídos. Hasta ese maldito día, siempre creyó que su esposa era una mujer refinada, amable y con unos valores intachables.
¿Esa era la mujer con la que llevaba 3 años casado? ¿La chica perfecta que frente a él siempre le acariciaba la cara y le decía: “Ay amor, tu mamita es un ángel, déjame consentirla y cuidarla para siempre”?
Todos sus recuerdos felices se hicieron pedazos en ese instante, cayendo como vidrios rotos. Dio un paso atrás, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos.
Quería entrar corriendo, destruir la cocina entera y gritarle hasta dejarla sorda. Pero un instinto más frío, calculador y profundo lo detuvo en seco. Necesitaba saber desde cuándo su madre estaba viviendo ese infierno.
Salió de nuevo al jardín, rodeó la propiedad, caminó hasta la entrada principal y giró la llave haciendo ruido a propósito para anunciar que el dueño de la casa había llegado.
Al abrir la pesada puerta de caoba, el ambiente dentro de la enorme mansión cambió como por arte de magia. En menos de 5 segundos, la bruja despiadada desapareció y entró en escena la esposa amorosa.
“¡Mi amor, qué milagro que llegas tan temprano!”, gritó Valeria corriendo por el pasillo con una sonrisa deslumbrante y el rostro angelical. “Tu suegrita y yo te estábamos esperando. Le estaba diciendo que se siente a descansar”.
Mateo clavó la mirada en el sofá donde estaba Doña Elvira, encogida, fingiendo una sonrisa de paz mientras sus manos temblaban de puro pánico.
Mateo no dijo nada, pero por dentro el alma se le caía a pedazos al ver el terror en los ojos de su madre. Le devolvió la sonrisa a su esposa, sabiendo que la tormenta que estaba a punto de desatar en esa casa superaría cualquier pesadilla, y nadie, absolutamente nadie, estaba preparado para lo que iba a pasar…
PARTE 2
Esa misma noche, cuando Valeria ya dormía profundamente en la lujosa recámara principal, Mateo se deslizó en silencio por el pasillo y se encerró con seguro en su despacho privado.
Encendió su computadora y accedió al sistema oculto de cámaras de seguridad que él mismo había instalado hacía 2 años, algo que Valeria ignoraba por completo porque creía que estaban desconectadas.
La luz fría de la pantalla iluminaba su rostro empapado en lágrimas de pura rabia y frustración. Fue abriendo uno por uno los videos de los últimos 15 días, y la cruda verdad le desgarró el alma pedazo a pedazo.