PARTE 1
Mi hijo levantó un cinturón frente a mí para obligarme a firmar otra vez mi casa, y lo más doloroso fue ver a mi nuera sosteniendo a mi nieta como si fuera un arma.
Yo estaba en la cocina, con una taza de café de olla temblando entre mis manos. La bugambilia del patio seguía floreciendo como si nada malo pudiera pasar en una casa donde una mujer había trabajado 40 años para pagar cada ladrillo. Me llamo Luz María Castañeda, tengo 66 años y fui maestra de primaria en Puebla. Durante mucho tiempo creí que el amor de una madre lo podía aguantar todo.
Esa tarde entendí que el amor sin límites también puede convertirse en una trampa.
Tomás entró sin tocar porque todavía tenía llave. Detrás de él venía Adriana con Valeria, mi nieta recién nacida, envuelta en una cobija rosa. La niña abrió los ojos al verme y estiró sus manitas. Mi cuerpo quiso correr a cargarla, pero Adriana la apretó contra su pecho.
—Mamá, tenemos que arreglar esto hoy —dijo Tomás.
Su voz no era la del niño que corría detrás de las palomas en la plaza. Era dura, seca, cargada de una desesperación que olía a alcohol y deuda.
—Ya no hay nada que arreglar así, hijo. Revocaste mi confianza.
Adriana soltó esa risita suya, dulce y venenosa.
—Ay, doña Luz, no se haga la víctima. Usted sabe que todo esto es por Valeria.
Sacó unos papeles de la bolsa del pañal y los puso sobre la mesa. Reconocí el formato: una nueva procuración. Poder amplio para vender, hipotecar y disponer de mis bienes. La primera vez firmé por miedo a que mi nieta naciera sin cuarto. Tomás me dijo que solo era para remodelar. Adriana juró que era por “facilitar trámites”. Con ese poder hipotecaron mi casa por 500,000 pesos, compraron muebles, ropa cara y dejaron 3 meses sin pagar al banco.
Cuando encontré el aviso de atraso bajo la cuna, llamé al licenciado Ernesto Valdés. Él me ayudó a revocar el poder. Desde entonces, Tomás dejó de hablarme y Adriana me prohibió ver a Valeria.
Ahora estaban en mi cocina con la misma mentira, pero con una amenaza más clara.
—Firma —dijo Tomás.
—No.
La palabra salió pequeña, pero salió.
Adriana acercó a Valeria a mi cara.