—Mírela bien, suegra. Si no firma, esta niña va a crecer sin saber quién es usted.
La bebé empezó a llorar. Yo también, pero no bajé la mirada.
—No uses a tu hija para robarle a su abuela.
Tomás golpeó la mesa.
—¡No estamos robando! ¡Estamos sobreviviendo!
—Sobrevivir no significa quitarme mi casa.
Entonces se quitó el cinturón. El cuero negro salió de las trabillas con un sonido que todavía escucho en mis pesadillas. Lo enrolló en su mano. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Te lo voy a preguntar una última vez, mamá. ¿Vas a firmar?
Miré a mi hijo. Busqué al niño que me prometía comprarme una casa enorme cuando fuera grande. Busqué al joven que lloró en mi hombro cuando murió su padre Ricardo. No encontré a ninguno.
—No voy a firmar, Tomás.
Adriana dio 1 paso atrás con Valeria, pero no intentó detenerlo. Solo miró, esperando que el miedo hiciera lo que sus mentiras ya no podían.
Tomás levantó el cinturón.
Y justo antes de que el golpe cayera, sonó el timbre.
Ding dong.
Los 3 nos quedamos paralizados.
Volvió a sonar.
Ding dong. Ding dong.