El pueblo lo llamaba loco y le arrojaba piedras… hasta que un general descubrió que era el héroe que México había dado por muerto.

—¿No ves, loco? ¡Hazte para allá! Vienen los señores del Ejército. ¡Quítate!

El hombre, sentado junto a un bote de basura en una esquina de la plaza, levantó la cabeza despacio. Tenía el cabello enredado, la barba larga, la ropa rota y los pies llenos de polvo. La gente lo conocía como “el loco de la bandera”, porque cada vez que veía pasar una patrulla, un soldado o una ceremonia en la plaza, se ponía firme, levantaba la mano a la frente y gritaba con una voz quebrada:

—¡México no se rinde!

Los niños se reían de él. Algunos adultos lo espantaban de sus negocios. Otros, más crueles, le aventaban piedras o cáscaras de fruta para verlo correr. Nadie sabía su nombre. Nadie se preguntaba de dónde había salido. Para todos era solo un hombre perdido, un indigente más en las calles calientes de San Miguel de la Sierra, un pueblo del norte de México donde el sol caía como castigo sobre las banquetas y la indiferencia pesaba más que el calor.

Aquel martes de mayo, cerca de las dos de la tarde, la plaza estaba llena. Los vendedores de aguas frescas gritaban sus sabores bajo sombrillas desteñidas. Los taxis tocaban el claxon junto al mercado. El aire olía a mango maduro, gasolina, sudor y tortillas recién hechas. En una esquina, frente al viejo reloj municipal, don Eusebio, dueño de un puesto de frutas, acomodaba sus cajas de plátanos y naranjas mientras vigilaba con disgusto al hombre de harapos.

El hombre llevaba varios minutos mirando un plátano demasiado maduro que había caído al suelo. No lo tocaba todavía. Lo observaba como quien mide si tiene derecho a comer. Al final, el hambre pudo más que la vergüenza. Extendió la mano.

—¡Eh! —gritó don Eusebio, golpeando el mostrador—. ¡Ni se te ocurra, mugroso! ¡Vete a espantar gente a otro lado!

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