El hombre se sobresaltó, pero no se enojó. Se puso de pie con dificultad, como si cada hueso le doliera, y de pronto enderezó la espalda. Sus talones se juntaron. Su mentón se levantó. Su mano derecha subió a la frente en un saludo militar perfecto.
—¡A sus órdenes, mi general! —dijo con voz ronca—. El enemigo no cruzará la línea. ¡Defenderemos la posición hasta el final!
Un grupo de muchachos que estaba sentado en la fuente soltó la carcajada.
—Mírenlo, ya empezó otra vez el soldadito loco —dijo uno.
Otro recogió una piedra pequeña del suelo.
—A ver si así despierta.
La piedra voló y golpeó al hombre en la frente. Un hilo de sangre le bajó por la ceja. La gente miró, algunos hicieron gesto de lástima, pero nadie intervino. El hombre no se limpió. No bajó la mano. Siguió saludando, inmóvil, con los ojos fijos en un punto invisible.
Entonces, algo llamó su atención.
En el poste del reloj, alguien había dejado colgada una banderita mexicana de plástico desde las fiestas patrias del año anterior. Estaba rota, sucia, a punto de caer. El viento la agitaba con tristeza. El hombre corrió hacia ella con una urgencia que nadie entendió. Se subió como pudo a la base del poste, la alcanzó justo antes de que el hilo se rompiera y la apretó contra el pecho.
—La bandera no toca el suelo —murmuró—. Nunca.
La limpió con un pedazo de su camisa, la besó y la guardó con cuidado dentro de su chaqueta rota. Algunos volvieron a reír. Otros sacaron el celular para grabarlo. Para ellos, era una escena más de burla, una rareza para compartir. Pero a unos kilómetros de allí, una caravana militar se acercaba al pueblo, y esa tarde el destino iba a detenerse exactamente frente a aquel hombre al que todos llamaban loco.
Las sirenas empezaron a escucharse desde la avenida principal. No eran ambulancias ni patrullas comunes. Eran motocicletas de escolta, vehículos militares y camionetas negras avanzando lentamente bajo el sol. Ese día llegaba al cuartel regional el general de división Víctor Salazar Mendoza, un hombre respetado, duro, con décadas de servicio y una reputación de acero. Había combatido en operaciones peligrosas, había enterrado a compañeros y había aprendido a no mostrar lágrimas ni siquiera en los funerales.
Los policías municipales se movieron de inmediato.
—¡Abran paso! ¡Todos para atrás! —gritó el comandante Rivas, agitando su tolete—. ¡Nadie se acerque a la caravana!
Cuando vio al hombre de harapos con la bandera asomando del bolsillo, hizo una mueca de fastidio.
—Tú otra vez, loco. Ya te dije que hoy no quiero problemas. Vienen mandos importantes. No quiero que vayas a hacer tus payasadas.
Lo tomó del brazo y lo empujó hacia la multitud.
—Allá, junto al callejón. Y no te muevas.
El hombre trastabilló. Por un segundo pareció que iba a caer, pero recuperó el equilibrio y volvió a ponerse firme.
—Puesto asignado, señor —dijo—. Guardia de frontera activa.
—Está peor cada día —murmuró un policía.
Dos agentes lo sujetaron para que no se acercara a la calle. La caravana apareció poco después. Primero las motocicletas, luego una camioneta con elementos de seguridad, después la unidad donde viajaba el general Salazar. El pueblo miraba en silencio, entre curiosidad y respeto.
Dentro del vehículo, el general observaba por la ventana. Iba revisando mentalmente la agenda del día cuando algo, apenas un detalle, le hizo fruncir el ceño. Vio entre la gente a un hombre sucio, sangrando de la frente, detenido por dos policías. Vio su postura. Vio sus pies separados con exactitud, la espalda recta, el mentón alto. Vio la mano temblorosa subir a la frente cuando el hombre notó la bandera en la camioneta militar.