Rubén soltó una risa nerviosa.
“Está exagerando. Mi esposa es muy dramática.”
—No estoy exagerando —dijo Mariana con la voz quebrada—. Tengo fotos. Tengo mensajes. Tengo miedo todos los días.
El silencio pesaba más que cualquier grito.
Valeria me pidió hablar conmigo en privado.

—¿Por qué dijiste que había algo más?
Les señalé la camioneta nueva de Rubén estacionada afuera, el reloj de Esteban, la ropa cara, la forma en que habían reaccionado al teléfono.
—Rubén dice que se dedica a la “consultoría de seguros”. Supuestamente, Esteban vende autos usados. Pero esos gastos no provienen de ahí.
Valeria frunció el ceño.
-¿Fraude?
—Organizada, tal vez. Y puede que Mariana sepa más de lo que cree.
En ese momento llegó un abogado con un traje azul marino. Se presentó como Mauricio Rivas. Ni siquiera preguntó qué había pasado. Simplemente miró a Rubén y dijo:
—No digas nada.
Valeria apenas sonrió.
—Llegó tan rápido. Casi como si estuviera esperando la llamada.
La policía llegó más tarde. Tomaron declaraciones, fotografiaron el rostro de Mariana y arrestaron a Rubén por agresión. Al pasar junto a ella, le susurró:
—Vas a pagar por esta vergüenza.
El agente escuchó y añadió amenazas.
Esteban quería marcharse, pero Valeria le bloqueó el paso.
—Yo me quedaría cerca. La noche apenas ha comenzado.