Cuando todos se fueron del patio, subí a la antigua habitación de Mariana. Estaba sentada en la cama, abrazando una almohada como cuando era niña.
—Perdóname, papá —dijo entre lágrimas—. Pensé que si hablaba, nadie me creería.
—Perdóname por no haberlo visto antes.
Entonces me contó la peor parte.
Rubén la obligó a quedarse arriba cuando Esteban llegó con unos desconocidos. Hablaron en el sótano sobre accidentes de coche, lesiones, pagos y pólizas de seguro. Una noche, oyó a alguien llorando porque «el atropello con fuga salió mal». Rubén dijo que no importaba, que con una lesión más grave les pagarían más.
Sentí náuseas.
Bajé corriendo las escaleras. Valeria acababa de colgar.
—Arturo —dijo con semblante serio—. La fiscalía lleva meses investigando una red de accidentes simulados en el Valle de México. Lesionan a personas vulnerables, inflan las facturas médicas y cobran el dinero de las aseguradoras. Rubén y Esteban figuran en varios expedientes, pero nadie se atrevió a declarar.
—Mariana puede hacerlo.
—Sí. Pero también puede estar en peligro.
Antes de medianoche, Mariana entregó fotos, grabaciones de audio y direcciones. Una de ellas correspondía a un almacén en Naucalpan. Valeria avisó a las autoridades.
A la una de la madrugada, mientras mi hija temblaba con una taza de té en las manos, sonó el timbre de mi puerta.
Las imágenes de las cámaras de seguridad mostraron a Esteban de pie afuera con dos hombres.
Y llevaba una bolsa negra en la mano.
Lo que había dentro lo cambiaría todo en la tercera parte.
PARTE 3
No abrí la puerta. Valeria apagó las luces de la sala y llamó a los agentes que estaban cerca.
Esteban llamó a la puerta.
—¡Arturo! ¡Ábrete y solucionemos esto en familia!
Como una familia. La misma palabra que había usado para justificar palizas, amenazas y silencio.
Uno de los hombres empezó a mirar hacia las ventanas. El otro dejó la bolsa negra junto a mi entrada. Minutos después, llegaron patrullas sin sirenas y los rodearon. Esteban intentó huir, pero ni siquiera llegó a la esquina.
Dentro de la bolsa había dinero en efectivo, un teléfono celular desechable y una carpeta con copias de documentos falsos: pólizas de seguro, informes médicos, documentos de identidad y fotografías de personas lesionadas.
Entre esas fotos estaba la de Carlos Méndez, un albañil de Ecatepec que había accedido a fingir un pequeño accidente de coche para pagar la operación de su hijo. Pero el accidente fue demasiado grave. Carlos quedó paralizado de la cintura para abajo. Rubén y Esteban recogieron el dinero. Le dieron una miseria.
Cuando Mariana vio su foto, rompió a llorar.