A los 65 años, me volví a casar con mi primer amor, diez años después de la muerte de mi esposo, con la aprobación de los hijos de ambas familias. Pensé que, al fin, mi vejez encontraría un poco de paz. Pero jamás imaginé que, en la primera noche después de la boda, descubriría un secreto estremecedor que mi nuevo esposo había ocultado durante más de cuarenta años.

“Para Isabel Mendoza, dondequiera que aún recuerde mi nombre.”

El pecho se me partió.

—Yo nunca recibí nada —dije.

—Lo imaginé demasiado tarde.

Sacó otro sobre.

Estaba marcado con tinta roja: “Devuelto al remitente”.

Y otro.

Y otro más.

Había decenas.

Todas dirigidas a mí.

Todas devueltas.

Mis dedos temblaron al tocar aquellas cartas. No eran simples papeles. Eran años. Eran respuestas. Eran explicaciones. Eran una vida entera que nunca llegó a mis manos.

—Mi padre las escondió —murmuré.

Alejandro no respondió.

No hacía falta.

Durante unos minutos, solo se oyó el viento moviendo la bugambilia del patio y el lejano ladrido de un perro en la calle.

Yo lloré en silencio.

Lloré por la muchacha de diecinueve años que había entrado a una iglesia con el corazón hecho pedazos.