“Para Isabel Mendoza, dondequiera que aún recuerde mi nombre.”
El pecho se me partió.
—Yo nunca recibí nada —dije.
—Lo imaginé demasiado tarde.
Sacó otro sobre.
Estaba marcado con tinta roja: “Devuelto al remitente”.
Y otro.
Y otro más.
Había decenas.
Todas dirigidas a mí.
Todas devueltas.
Mis dedos temblaron al tocar aquellas cartas. No eran simples papeles. Eran años. Eran respuestas. Eran explicaciones. Eran una vida entera que nunca llegó a mis manos.
—Mi padre las escondió —murmuré.
Alejandro no respondió.
No hacía falta.
Durante unos minutos, solo se oyó el viento moviendo la bugambilia del patio y el lejano ladrido de un perro en la calle.
Yo lloré en silencio.
Lloré por la muchacha de diecinueve años que había entrado a una iglesia con el corazón hecho pedazos.