A los 65 años, me volví a casar con mi primer amor, diez años después de la muerte de mi esposo, con la aprobación de los hijos de ambas familias. Pensé que, al fin, mi vejez encontraría un poco de paz. Pero jamás imaginé que, en la primera noche después de la boda, descubriría un secreto estremecedor que mi nuevo esposo había ocultado durante más de cuarenta años.

El hombre que durante años me había dicho que Alejandro era un cobarde.

El hombre que me había jurado que mi primer amor se había ido sin mirar atrás.

El hombre que me entregó en matrimonio diciendo que era “lo mejor para la familia”.

—No puede ser… —murmuré.

Alejandro tragó saliva.

—Me dijeron que tú ya habías aceptado casarte. Que no querías verme. Que si de verdad te amaba, debía desaparecer para no arruinarte la vida.

—¡Mentira! —grité, tapándome la cara—. ¡Yo te esperé! ¡Te esperé hasta el último minuto!

Alejandro tomó mis manos con una ternura que me rompió por dentro.

—Lo sé ahora. Pero aquella noche no lo sabía. Cuando intenté pasar, me golpearon. Caí junto al camino. Uno de ellos tenía una navaja. Esta cicatriz… fue de esa noche.

Sentí náuseas.

No de asco hacia él.

Sino de dolor por todos los años que nos habían robado.

—¿Y después? —pregunté con la voz rota.

Alejandro miró la caja.

—Desperté dos días después en una clínica pequeña de Michoacán. Mi madre estaba a mi lado. Me dijo que tu familia ya te había llevado a Guadalajara. Me dijo que tú ya eras esposa de otro hombre. Cuando pude levantarme, te escribí.

Sacó una de las cartas.

El papel estaba viejo, doblado con cuidado.

—Te escribí durante meses. Luego durante años. Nunca recibí respuesta.

Me entregó la carta.

Reconocí mi nombre escrito por su mano joven: