A los 65 años, me volví a casar con mi primer amor, diez años después de la muerte de mi esposo, con la aprobación de los hijos de ambas familias. Pensé que, al fin, mi vejez encontraría un poco de paz. Pero jamás imaginé que, en la primera noche después de la boda, descubriría un secreto estremecedor que mi nuevo esposo había ocultado durante más de cuarenta años.

Aquella noche, después de que los invitados se marcharon y los hijos terminaron de recoger las mesas y las sillas, ya eran casi las once. Le preparé a Alejandro una taza de té de manzanilla caliente, mientras él cerraba despacio el portón de hierro del patio, apagaba la luz del porche y volvía a entrar mirándome con una ternura que me apretó el corazón.

La noche de bodas en la vejez.

Esa noche que yo había creído que jamás volvería a tener en esta vida.

Acababa de entrar en la habitación cuando vi a Alejandro de pie junto a la ventana, de espaldas a mí. La luz de la luna entraba desde el patio y cubría su cabello canoso con un brillo tenue.

Sonreí levemente, me acerqué y lo ayudé a quitarse la guayabera blanca, ya un poco arrugada después de un día tan largo.

Pero en cuanto la tela resbaló de sus hombros, la sonrisa se me congeló en los labios.

En la espalda de Alejandro, justo cerca del omóplato izquierdo, había una cicatriz larga y profunda.

Una cicatriz que yo jamás podría olvidar.

Porque esa cicatriz no pertenecía solo a su cuerpo.

Pertenecía a mi pasado.

Pertenecía a una noche que yo había llorado durante más de cuarenta años, creyendo que Alejandro nunca había venido por mí.

Me llevé una mano a la boca.

—Esa noche… —susurré—. Esa noche alguien me dijo que tú no apareciste. Que me habías dejado sola.

Alejandro cerró los ojos con dolor.