Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira…

—Mamá… —murmuró Marcos, por fin, sin levantar la vista—. Será por poco tiempo, en lo que todos nos acomodamos.

Patricia dio una risita.

—¿Por poco tiempo? Ay, amor, no la confundas. Lourdes se va a instalar en el cuarto de servicio. Está junto al garaje. Le pondremos una camita. Bueno… si Lucky no la necesita.

Lucky era el labrador de la familia.

Sentí que me ardía la cara. No por vergüenza. Por rabia.

A mi alrededor, cada objeto de aquella casa conocía mis manos. Yo había escogido las cortinas de lino color marfil. Yo había mandado traer desde Puebla el espejo tallado del recibidor. Yo había plantado las bugambilias del jardín con Roberto una tarde de abril, cuando aún creíamos que el tiempo nos sobraba. Aquella casa llevaba mi risa en las paredes, mis recetas en la cocina, mis navidades, mis cumpleaños, mis pérdidas. Y esa mujer, parada sobre el mármol que yo enceré por años, se atrevía a tratarme como una arrimada.

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