Mi suegra dijo que yo no merecía ser madre y quiso obligarme a entregar a uno de mis hijos a su hija estéril… sin tener la menor idea de quién era yo en realidad.

La miré.

Y entonces… dejé de callar.

—Soy jueza federal.

El aire se volvió denso.
Pesado.
Irrespirable.

Andrés parpadeó.

—¿Qué?

La señora Robles soltó una risa incrédula.

—¿Tú? Por favor…

—Juzgado Décimo Segundo de Distrito en Materia Administrativa —continué, sin apartar la mirada—. Nombramiento vigente desde hace cuatro años. Cédula profesional registrada. Evaluación de control de confianza aprobada. ¿Desea que le muestre el número de expediente de mi último amparo relevante o con eso basta?

Nadie habló.

El silencio ya no era incómodo.

Era devastador.

La señora Robles dio un paso atrás.