
Andrés no respondió de inmediato.
Evitó mis ojos.
Ese gesto… fue suficiente.
La señora Robles sonrió, satisfecha.
—¿Ves? Todo está pensado. Nadie sale perdiendo.
Nadie.
Miré a Mateo.
Tan pequeño. Tan indefenso.
Mi hijo.
Y en ese instante… algo dentro de mí cambió de lugar.
No era dolor.
No era miedo.
Era precisión.
Esa misma precisión que aprendí durante años escuchando testimonios, leyendo expedientes, viendo cómo la injusticia se disfrazaba de “acuerdos familiares”.
Respiré hondo.
—Retírese de la cuna —dije.
Mi voz ya no temblaba.
La señora Robles frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Aléjese de mi hijo.
El silencio cayó como una sentencia.
Andrés levantó la vista, sorprendido por el tono.
—Elena, no hagas esto más complicado…
Giré hacia él.
—Ya es complicado.
Me incorporé apenas, ignorando el dolor que me atravesó el abdomen como una cuchilla.
—Pero no para mí.
Tomé los documentos.
Los observé unos segundos…
y luego los dejé caer de nuevo sobre la mesa.
—Esto no tiene validez jurídica —dije con absoluta calma—. Es un intento burdo de cesión de patria potestad sin sustento legal, sin intervención judicial, sin dictamen de idoneidad y sin el consentimiento libre de la madre.
La sonrisa de la señora Robles se tensó.
—No te pongas técnica. Solo firma.