Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…

No llevaba zapatos. Solo unos calcetines mojados, rotos en los dedos. La nieve me mordía las plantas de los pies. El viento me cortaba la cara. Mi brazo derecho latía con un dolor tan vivo que por momentos me mareaba. Crucé la calle principal del pueblo, desierta, con las láminas de los techos rechinando bajo la tormenta. Pasé frente a la capilla cerrada, frente a la tienda del señor Merino, frente a la plaza vacía donde durante las fiestas patrias colgaban papel picado y vendían buñuelos. Aquella noche todo parecía abandonado por Dios.

No iba hacia ningún sitio. Solo me alejaba de la casa.

Mis piernas me llevaron, sin que yo lo pensara mucho, hasta el vertedero de chatarra a las afueras del pueblo. Era un lugar donde a veces encontraba pedazos de cartón, latas medio útiles o trapos que Ignacia me obligaba a recoger para vender por unas monedas. Entre montones de metal oxidado descubrí un viejo tambor acostado de lado. Me metí adentro como un animal herido buscando madriguera y abracé mi brazo.

La fiebre empezó antes del amanecer.

El primer día pensé que quizá Ignacia se arrepentiría y saldría a buscarme. El segundo, ya no pensé nada. Solo temblé. La quemadura se había hinchado y cada respiración me dolía. El tercer día mi cuerpo dejó de sentir bien el frío. Eso fue lo más aterrador. Ya no me castañeteaban los dientes. Ya no me ardían los pies. Era como si me estuviera apagando despacito.

Recuerdo el cielo gris detrás de los montones de chatarra. Recuerdo el olor a óxido, a cartón mojado y a perro callejero. Recuerdo haber pensado, con una claridad que no correspondía a una niña de siete años, que yo no quería morirme sin saber lo que se sentía tener una mamá de verdad.

Moví la mano izquierda entre unos cartones húmedos buscando algo para cubrirme el brazo. Mis dedos tocaron un papel duro, arrugado, pegado por la humedad. Lo saqué. Era un cartel impreso a color, maltratado por la lluvia, pero todavía legible. Me arrastré hasta el borde del tambor para acercarlo a una farola lejana.

Entonces la vi.

La niña del cartel tenía más o menos mi edad. Llevaba un poncho rojo tejido y sonreía con una dulzura tan limpia que dolía mirarla. No se parecía a nadie de Valle del Viento. No tenía los ojos apagados ni la postura encogida de los niños del pueblo. Parecía una niña nacida para ser besada en la frente antes de dormir.