La noche en que Ignacia me quemó la mano, el viento sonaba como si quisiera arrancar el techo de la casa y llevárselo a las montañas.
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Yo tenía siete años y ya sabía distinguir el hambre del miedo, aunque a veces se parecieran tanto que dolían en el mismo lugar. El hambre era un hueco rabioso que me mordía por dentro. El miedo, en cambio, era una mano helada apretándome la garganta hasta dejarme sin aire. Aquella noche sentía las dos cosas al mismo tiempo.
Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…