Mi madrastra me lanzó a la nieve para borrarme del mundo, pero entre fierros oxidados hallé el cartel de una niña desaparecida con mi mismo rostro… y ese papel arrugado abrió la puerta al abrazo que me devolvió la vida…

La casa olía a humo húmedo, a leña recién encendida y al caldo espeso que hervía sobre la estufa de fierro. Afuera, el pueblo de Valle del Viento desaparecía detrás de una tormenta brutal de enero. Adentro, Braulio fumaba junto a la mesa, con la mirada perdida en la pared, como si ni la lluvia ni yo ni la vida entera tuviéramos nada que ver con él. Ignacia revolvía la olla con una cuchara de madera, resoplando cada vez que el vapor le golpeaba la cara.

—No te acerques —me había dicho antes, sin siquiera voltearme a ver.

Pero llevaba dos días comiendo apenas una tortilla vieja remojada en café negro. Dos días escuchando mi estómago crujir como si adentro tuviera ramas secas rompiéndose. Dos días viendo cómo ellos apartaban la carne buena para sí mismos y me dejaban el fondo aguado del caldo o, peor todavía, nada.

Esperé hasta que Ignacia salió al patio techado por más leña. Vi la cuchara recargada en el borde de la olla. Vi un pedazo de carne flotando cerca de la superficie. Vi la espalda inmóvil de Braulio envuelta en humo. Y pensé, con esa lógica feroz que solo tiene un niño hambriento, que si lograba tomar un trocito rápido tal vez nadie se daría cuenta.

Metí la mano temblorosa.

No alcancé a tocar la carne.

Sentí primero el empujón, seco, brutal, directo en la espalda. Luego el mundo se inclinó. Mi cuerpo salió disparado hacia delante y el brazo derecho chocó contra el costado ardiente de la estufa a leña. La piel siseó. No sé si fue de verdad o si mi memoria inventó ese sonido, pero juraría que la escuché quemarse. Un dolor blanco, insoportable, me subió desde la mano hasta el hombro y me dejó ciega por un instante.

Abrí la boca para gritar.

No salió nada.

Caí de rodillas. Quise apartarme, pero Ignacia me agarró del cuello de la blusa con una fuerza que me hizo sentir menos que una gallina flaca a punto de ser degollada.

—Mira lo que me obligas a hacer, escuincla inútil —escupió sobre mí.

Levanté la vista hacia Braulio. Él me miró a través de la nube de cigarro, sin mover un solo dedo. Ni uno. Sus ojos no mostraban rabia, ni lástima, ni sorpresa. Solo fastidio. Como si yo fuera una gotera, una silla rota, un problema que alguien debía sacar a la calle.

Ignacia abrió la puerta de madera de un tirón. El viento entró como un animal furioso, azotando las cortinas y apagando casi por completo la llama del quinqué.

—Una boca menos que alimentar —dijo.

Y me aventó a la tormenta.

Caí de espaldas sobre el lodo endurecido y la nieve sucia del patio. La puerta se cerró con un golpe que todavía, muchos años después, sigo escuchando en sueños. Me levanté como pude, sosteniéndome el brazo quemado contra el pecho. Lloré sin sonido. Siempre lloraba así. Mis lágrimas salían, mi pecho temblaba, pero mi garganta se quedaba cerrada como un candado oxidado.

Golpeé una vez la puerta. Luego otra.

Nadie abrió.

A través de una rendija vi la sombra de Ignacia pasar frente al fogón. Vi la luz tibia. Vi el calor que no era para mí. Y entendí, con la crueldad limpia con la que entienden los niños, que si me quedaba allí me iba a morir antes del amanecer.

Empecé a caminar.