Mi esposo murió y heredé el rancho que me prohibió visitar; al abrir la puerta encontré mujeres escondidas, fotos de niñas y una amenaza que decía: “Deja de proteger lo que no te pertenece”.

Entonces Clara miró por la ventana y se puso blanca.

—Es él… es mi padrastro.

Elena me agarró del brazo.

—Se llama Bruno Leyva. Si encuentra a Clara, la mata.

Abajo, una camioneta polvosa entraba al rancho.

Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

El hombre que bajó de la camioneta parecía ocupar todo el patio. Alto, pesado, con botas llenas de tierra y una mirada que no preguntaba: ordenaba. Me paré en el porche y cerré la puerta detrás de mí.

—Busco a una muchacha —dijo—. Dieciséis años, güerita, flaca. Es mi hijastra.

—Aquí no hay nadie —respondí.

Bruno sonrió sin alegría.

—Me dijeron que este rancho escondía gente.

Sentí que la sangre se me iba a los pies, pero no me moví.

—Esta es propiedad privada. Si no se va, llamo a la Guardia Nacional, a la policía municipal o a quien tenga que llamar.

Se acercó tanto que olía a cigarro viejo.

—A la gente que se mete en asuntos de familia le pasan accidentes. Su marido también tuvo uno, ¿no?

Esa frase me atravesó.

Cuando por fin se fue, Elena salió al porche.

—Volverá —dijo—. Los hombres como él siempre vuelven.

Me llevó al despacho de Jorge. Era pequeño, ordenado, con un escritorio de madera y archiveros metálicos. Abrió un cajón falso y sacó una libreta de piel.

—Tiene que leer esto.

Era la letra de mi marido.