“Hoy se cumplen diez años de la muerte de Patricia. Si yo hubiera visto las señales antes, quizá seguiría viva.”
Patricia. Su hermana menor. Jorge siempre dijo que había muerto joven, pero nunca contó cómo. Seguí leyendo con un nudo en la garganta. Patricia había intentado dejar a un novio violento. Él la empujó por unas escaleras. Dijo que fue accidente. Pasó pocos años en la cárcel.
Jorge nunca se perdonó no haberla salvado.
Desde entonces convirtió el rancho en un refugio secreto.
Había nombres, fechas, notas: Rosa consiguió trabajo en Uruapan. Lucía regresó por sus hijos. Elena llegó con moretones en los brazos. Clara encontrada en la central de autobuses.
Luego encontré las últimas páginas.
“Alguien dejó fotos bajo la puerta del departamento. Fotos del rancho. De Elena. De Clara. Nos están vigilando.”
Otra entrada:
“Mañana iré a la Fiscalía. Esto ya no puede seguir escondido.”
Esa fecha era un día antes de su muerte.
Debajo de la libreta había fotografías tomadas desde lejos. En el reverso, horas y fechas. También una tarjeta de un investigador privado de Morelia.
—Bruno lo encontró —dijo Clara desde la puerta, llorando—. Él pagó para encontrarme.
En ese momento, un ladrillo rompió la ventana de la sala. Los vidrios estallaron por todos lados. Clara gritó.
El ladrillo traía un papel amarrado.
“Deja de esconder lo que no es tuyo.”
Tomé el celular con las manos temblando.
Pero antes de marcar, vi otra cosa entre los vidrios: una segunda foto. Era de Jorge, tomada dentro de su camioneta, el mismo día que murió.
Y detrás de esa foto venía escrito un nombre que cambiaría todo…
PARTE 3
El nombre en la foto era “Comandante Rivas”.
Se me heló el cuerpo. No era Bruno. O no solo Bruno. Había alguien de la policía ayudándolo.
Por eso Jorge no alcanzó a llegar a la Fiscalía. Por eso su “accidente” había ocurrido justo al día siguiente. Por eso Bruno se sentía intocable.
Aun así llamé, pero pedí específicamente a la oficial Torres, una mujer que había atendido años antes un caso de violencia en la ferretería donde yo trabajaba. Cuando llegó, no le entregué todo de inmediato. Primero le pregunté si conocía a Rivas.
Su cara cambió.
—¿Dónde vio ese nombre?
Le mostré la foto, la libreta y la tarjeta del investigador. Torres leyó en silencio. Después respiró hondo.
—Rivas está suspendido por otra investigación. Si esto se comprueba, no solo hablamos de amenazas. Hablamos de encubrimiento y posiblemente homicidio.
Clara dio su declaración esa misma noche. Contó lo que Bruno le había hecho, cómo golpeó a su mamá cuando intentó defenderla, cómo ella escapó con una mochila y veinte pesos. Elena también declaró. Natalia regresó con su bebé y, al enterarse de todo, se ofreció como testigo de los movimientos sospechosos cerca del rancho.