Respiré hondo y dije:
—Gracias. Hoy por fin entendí cuánto valgo para ustedes.
Esa noche se fueron dejando platos sucios, vasos tirados y el pastel podrido sobre mi mesa.
Cuando la casa quedó en silencio, llamé a mi abogado.
—Licenciado Duarte —dije—, mañana quiero cambiar mi testamento.
Y mientras miraba aquella burla pudriéndose frente a mí, supe que lo que venía no lo iban a poder creer…
PARTE 2
A la mañana siguiente entré al despacho del licenciado Arturo Duarte con una carpeta azul bajo el brazo y el corazón más frío que la madrugada.
Arturo había sido amigo de mi esposo durante más de treinta años. Conocía nuestra historia. Sabía que Ernesto y yo empezamos vendiendo jugos afuera del Metro Portales y que, peso por peso, levantamos la casa donde mis hijos ahora querían repartirse mi vida como si yo ya estuviera muerta.
—Carmen —me dijo al verme—, ¿está segura de que quiere hacer esto?
Puse sobre su escritorio las escrituras, estados de cuenta, pólizas y el testamento anterior.
—Más segura que nunca.
El documento viejo decía que todo se dividiría en partes iguales entre Mauricio, Patricia y Javier. La casa de Coyoacán, mis ahorros, un pequeño local que rentaba en Tlalpan y las joyas de Ernesto.
Arturo leyó en silencio. Después me miró con tristeza.
—¿Qué pasó?