PARTE 1
“Si querían verme llorar frente a todos, felicidades: escogieron el día perfecto para enterrarme viva.”
Eso fue lo primero que dije cuando vi el pastel que mis hijos pusieron frente a mí en mi cumpleaños número setenta.
Me llamo Carmen Aguilar, vivo en una casa antigua de Coyoacán, en la Ciudad de México, y hasta esa tarde todavía creía que una madre podía perdonar cualquier cosa. Había preparado el comedor desde temprano, aunque mis hijos me juraron durante semanas que no moviera ni un dedo.
Mi hijo mayor, Mauricio, me dijo por teléfono:
—Mamá, ahora sí te vamos a consentir.
Patricia, mi hija, agregó con esa voz dulce que usaba solo cuando quería algo:
—Tú tranquila, ma. Este año nosotros nos encargamos.
Y Javier, el menor, se rió antes de colgar:
—Va a ser inolvidable, jefa.